Muchas gracias a todos los que os habéis pasado por aquí durante todos estos años.

Puedes encontrarme en www.enniosotanaz.com o enniosotanaz@hotmail.com

¡Un abrazo!

Mostrando entradas con la etiqueta Adrián. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adrián. Mostrar todas las entradas

Que nadie vuelva a olvidarse

Chelsea FC 1 - At. Madrid 3

No eran todavía las once de la noche pero el día ya se había terminado. Había pasado todo lo que tenía que pasar. En la calle los viandantes disfrutaban de una temperatura magnífica pero el salón de mi casa parecía un horno de pirólisis. Daba igual. Las sensaciones y los sentimientos estaban en otro sitio. Dos adultos, responsables y provechosos para la sociedad, nos abrazábamos torpemente dando saltos anárquicos que podrían parecer ridículos a ojos ajenos. Sudando euforia. Intentando emitir gritos guturales que, al menos en mi caso, no conseguían salir porque la garganta no daba ya para más. Oliendo a felicidad. Una felicidad que lo impregnaba todo y que salía a borbotones desde una pantalla de plasma en la que podíamos ver lo que en ese mismo momento estaba pasando a orillas del Tamesis, en el acomodado barrio de Chelsea (¿o era Fulham?). Un grupo de deportistas, de atletas, de atléticos, de amigos, un puñado de grandes profesionales, un señor equipo, alzaba los brazos al cielo londinense delante de miles de colchoneros entregados que parecían su prolongación en la grada. No lo parecían, lo eran. Matizado todo con esa pasión enfermiza, densa, intensa y muchas veces incontrolable que no todo el mundo es capaz de comprender. En ese momento, con el planeta tierra poniendo los ojos en el equipo de mis amores, con los jugadores correteando por el césped de Stamford Bridge, con los valientes de la grada disfrutando de su momento histórico, con el móvil si parar de pitar, recibiendo mensajes de felicitación desde cualquier esquina del mundo, con mi hermano (¡y el Richy!) al teléfono, mi padre gritando en su casa, mi tío celebrando la victoria en Abu Dhabi, con el recuerdo de mi abuelo en la cabeza, los amigos de los 50 lanzando whatsapps sin parar y abrazado a mi amigo Teno, recordé una frase de Séneca con la que algún día tendré que hacerme una camiseta: un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella.

La noche empezó con nervios. No podía ser de otra forma. Por mucho que el insoportable rodillo mediático con el que tenemos la mala suerte de convivir los madrileños se hubiese encargado de hacernos recordar lo insufrible que va a ser vivir en esta ciudad con el equipo de TODOS, el “único” que para la prensa existe en este país y en esta ciudad, alcanzando la final de Champions, según se acercaba la hora del pitido inicial todo se olvidaba y la temperatura de la sangre que corría por las venas colchoneras se acercaba peligrosamente al punto de ebullición. Empezó el partido y el Chelsea impuso desde el principio su criterio. Ritmo pausado, pocos espacios y ningún riesgo. El Atleti, desposeído de las obligaciones de jugar en casa, aceptó el reto y se adaptó a esa forma de hacer fútbol que, en mi opinión, tan poco le conviene. Juego táctico en el que ganó Mourinho. El Atleti sin intensidad ni velocidad es una versión reducida de si mismo y aunque la situación estaba controlada, el balón dominado y los espacios cerrados, las posibilidades de ser diferente o de morder también eran limitadas. Mourinho lo sabía, pero el ya había apostado en la ida por esa versión del fútbol en la que el primero que falla, pierde. Koke estuvo a punto de dar la sorpresa nada más comenzar el encuentro lanzando un balón al larguero en eso que antes se llamaba centro-chut, pero ahí se acabaron las ocasiones.

Mediada la segunda parte pudimos darnos cuenta, por fin, de que el Chelsea es un equipo que triplica el presupuesto al Atleti y que eso le permite tener en su plantilla a jugadores como Hazard o William, capaces de vivir entre las rígidas ecuaciones de su entrenador e inventar cosas. El belga fue el que más talento puso por parte de los blues y el único capaz de buscar las cosquillas a la defensa atlética, especialmente por el lado de Juanfran, pero fue William el que realmente la lío, precisamente por el lado contrario. Jugada imposible en la que consigue marcharse de dos defensores, Filipe y Godin que no es cualquier cosa, para meter un balón al área que remata Fernando Torres, da en la pierna de Mario Suarez y entra en la portería de Courtois. El madrileño no celebró el gol pero a mí eso me daba igual. 1-o. Mal asunto.

Los cuervos negros aparecieron en lontananza y los buitres empezaron a volar en círculos salivando ante la presa que se avecinaba. Mourinho tenía el partido que quería y lo que hasta ese momento había mostrado el Atleti no parecía demasiado como para dar la vuelta al partido. En ese instante todos reparamos en que lo que estaba en juego era nada menos que una final de Champions. Palabras mayores. Pero es precisamente ahí, en esas circunstancias, dónde se mide a los equipos sobresalientes y el Atleti volvió a demostrar, en el mejor de los escenarios y con la mejor de las formas, que es un equipo sobresaliente. Levantó el pie del freno, dio un paso adelante, se adueño del balón y agarrado al escudo se fue a por el partido. Empezó a jugar en campo contrario con personalidad y sin complejos delante de un Chelsea que sí, se dejaba “querer”, pero que no sabía lo que se le venía encima. Antes de llegar al descanso los del Cholo ya habían dado la vuelta a la eliminatoria en una jugada prodigiosa que quedará en los anales de colchonerismo. Iniciada por un Koke que ayer se revalido como uno de los mejores centrocampistas del mundo, tirándose con rabia al suelo para recuperar un balón que se marchaba. El balón acabó en Tiago que realizó un cambio de juego hacía el lado derecho por el que entraba Juanfran. El lateral, nervioso en algunas fases del partido pero que nunca perdió la cara, consiguió tocar la pelota en la misma línea de fondo para meter un balón cruzado al segundo palo por donde llegaba Adrián. El asturiano había sido la gran sorpresa de la alineación. Simeone buscaba desborde e improvisación frente a una defensa cerrada como la londinense, lógico, pero las garantías que ofrecía el jugador eran muy pocas a tenor de la pésima temporada que había realizado. Pero Simeone es un hombre de fe y fe es lo que tiene en un jugador que él mismo cataloga de diferente. Adrián respondió realizando un partido más que decente y marcando probablemente el gol más importante de su carrera hasta el momento. Con la derecha, rematando con la espinilla, consiguió meter la pelota cercana a la escuadra y subir el empate a 1 al marcador. El Club Atlético de Madrid estaba en la final de la Champions League en ese momento. Y ahí se quedó.

La segunda parte fue sencillamente un tratado de fútbol contemporáneo por parte del Atleti. Opino que el debate sobre el mejor estilo para jugar al fútbol, esa bobaba de la posesión frente al contrataque, es una solemne estupidez. Una simplificación barata de algo mucho más complicado. De la misma forma que creo también que el futuro del fútbol pasa por equipos capaces de manejar varios registros en el mismo partido. De jugar replegado cuando hace falta, de manejar el balón si es necesario, de atacar y de defender. Eso es lo que hizo el equipo de Simeone. En lugar de colocar el autobús sacó al equipo del área y presionó arriba. En lugar de ceder el balón al Chelsea se lo quitaba cada vez que estos pretendían tenerlo en zonas de peligro. En lugar de jugar asustados prefirieron hacerlo con alegría. Con la valentía de un equipo que no se siente inferior a nadie. 

Diego Costa llegó con habilidad a un balón bombeado en el área del Chelsea teniendo la picardía de meter el pie antes de que lo hiciera Eto’o. El camerunés, impropio de un jugador de su talla, cometió un error digno de principiantes, regalando un penalti que resultaba definitivo. Esas son las cosas que pasan cuando los 22 futbolistas están en tu área y obligas al delantero centro a tener que defender. Ni los penaltis fallados ni el nefasto estado del césped en el punto fatídico fueron capaces de desconcertar a un Diego Costa que marcando la pena máxima ponía el partido franco y mataba los fantasmas del pasado. El abrazo con Simeone en la grada segundos después confirmaba todo eso. Desde ese momento hasta el final del partido el Atleti siguió dando una lección de fútbol que debería proyectarse en todas las escuelas pero especialmente en las de nuestro propio club. Si los de Mourinho parecían entregados ya a esas alturas lo parecieron todavía más después del tercer tanto. Un gol de el más grande. El genio de Bayrampasa. El gurú del ardaturanismo. Un tipo que remató de cabeza al larguero para recoger el rechace y marcar con el pie. Así es Arda Turan. Y yo me alegro.


Todavía no soy capaz de asimilarlo pero tengo tiempo para hacerlo. El Atleti, cuarenta años después, está en una final de la máxima competición de clubes del mundo. Mi equipo. Soy muy feliz por ello pero lo soy todavía más porque me siento totalmente identificado con esa plantilla, con ese entrenador y con esa forma de enfrentarse a la vida. Con humildad pero sin miedo. Con respeto pero con orgullo. Con ambición pero sin soberbia. Como fue, es y debería ser siempre el Club Atlético de Madrid. Que nadie vuelva a olvidarse de ello.

Rutinas

At. Madrid 2 - Elche 0

Pasaban veinte minutos de la segunda parte y uno podia escuchar a través de la televisión el cálido sonido del Calderón cuando ruge. Sí, a través de la televisión. Desgraciadamente el partido coincidía con el Viernes Santo y por circunstancias de la vida uno no podía estar en la grada durante el partido. Bien que lo lamentaba. Pasaban los minutos, quedaba poco para el final del partido y mientras el sol lucía en lo alto, una nube negra saturada de leyendas y malos recuerdos parecía no querer abandonar el césped del Vicente Calderón. Uno se frotaba las manos en sentido anti-horario, posaba los pies en el suelo con cada balón parado e incluso obligaba a su padre a sentarse en el mismo sitio en el que habían estado viendo la victoria colchonera unos días antes pero nada. No daba resultado, así que no podía quitarme de la cabeza que a lo mejor era yo el culpable. Que haber impedido cumplir la principal rutina de todas, acudir al estadio, estaba siendo el problema. Un milagro echado a perder por mi decisión egoísta de no cumplir con mi “obligación”. Uno es medianamente sensato, leído, escéptico y con conocimientos suficientes de física newtoniana como para saber que la superstición es algo absurdo, inexistente, digno de la incultura y la falta de rigor... pero que quieren que les diga. Queda más elegante hablar de rutinas si quieren, pero estamos hablando de lo mismo. Aunque soy también consciente de que mientras uno se lamentaba de estar viendo el partido en el lugar equivocado, miles de colchoneros estaban pensando en lo mismo o lamentándose por algo parecido. Sintiéndose de alguna manera culpables de lo que estaban viendo. De alguna manera tan peregrina como la mía. Pero el Atlético de Madrid 2013/2014 parece que está por encima de mí, de supersticiones y de leyendas negras. De evidencias y nimiedades como ser superior o jugar mejor al fútbol. El Atleti de Simeone parece que también es capaz de mirar a los ojos a la suerte y convencerla de que pincha en hueso. 

El partido contra el Elche fue raro hasta decir basta. Raro el día, rara la hora, rara la situación y raro lo que ocurrió sobre el terreno de juego. No pasaron cinco minutos desde el pitido inicial y ya sabíamos que no iba a ser nada fácil. Como alguna que otra vez anterior, el equipo salió lento, espeso y sin mucha claridad de ideas para manejar el balón y construir ocasiones de gol. Muchas veces esas limitaciones se suplían a base de intensidad y velocidad pero ninguna de las dos cosas aparecieron tampoco esta vez, lo que hizo que el Atleti pareciese una caricatura del equipo que es. Mucha culpa de ello, si no toda, tiene el excelente planteamiento táctico de Fran Escribá que colocó sobre el campo a un Elche muy bien colocado, con las líneas muy juntas, intenso en el centro del campo para desactivar al Atleti y con un descaro tremendo para manejar el balón con mucho más criterio que su rival. Algo de culpa tuvo también, desde mi punto de vista, la presencia de Adrián en la alineación titular. Al igual que Villa apenas entró en juego cuando el Atleti atacaba, fue incapaz de servir de transición cuando el Atleti tenía la pelota y su aportación defensiva resultó un handicap que debilitaba el centro del campo. Entiendo que Simeone quiera subir al tren a un jugador que puede ser muy útil en la recta final pero tener a Villa y Adrián a la vez en el campo, en esas circunstancias, me parece un lujo excesivo. La primera parte fue un auténtico calvario para los rojiblancos que sólo la mala fortuna de los alicantinos y San Courtois hicieron que no estemos ahora acordándonos de una tragedia. El Elche fue el único dominador del partido y tuvo al menos dos ocasiones claras de adelantarse en el marcador, ambas desbaratadas por el portero belga.

Mientras durante los quince minutos que dura el descanso a los colchoneros se nos agriaba el carácter y empezaba a paralizársenos el corazón, en la caseta intuyo que Simeone abría la tapa de las esencias para que el equipo cambiase de cara. Gracias a Dios y al cholo así fue. La segunda parte fue otra cosa. Con Raúl García por Adrián, sin demasiada calidad ni fútbol ni grandes de excesos pero con un Atleti recuperando sensaciones e intensidad y absolutamente dueño del balón, del tempo del partido y del campo. Queriendo ganar. Pero las ocasiones llegaron con cuentagotas y no con demasiada claridad. Las prisas no ayudaban nada y normalmente a la hora de rematar se podía divisar cierta ansiedad que complicaba todavía más las cosas. Pasados bastantes minutos ya, apareció un balón colgado al segundo palo que Raúl García no pudo rematar porque un defensa levantino se lo impidió. En cámara lenta parece penalti pero a mí en vivo no me lo pareció. Es de esos miles de penalties que ocurren en las áreas que, siéndolo técnicamente, casi nunca se pitan porque harían del fútbol un deporte lento e insoportable de ser disfrutado. Villa sustituía en el lanzamiento a un Costa que había fallado demasiado últimamente desde el punto fatídico pero el Guaje se solidarizó con su compañero lanzando el balón flojo y mal al centro de la portería para que el portero rival lo parase. Las nubes negras se hacían cada vez más densas sobre el Calderón.

Y avanzaba el tiempo, con un Atleti siendo excesivamente vertical y al límite de perder la paciencia pero con el suficiente criterio y profesionalidad todavía como para no perder los papeles. Mientras en el césped no llegaba la maldita ocasión, en la grada los corazones colchoneros rozaban el infarto. Faltando menos de veinte minutos la tensión alcanzó límites exagerados pero afortunadamente, como aquella otra vez de cuyo nombre quiero acordarme, apareció la cabeza de Miranda para que por fin tomásemos conciencia de que en el cielo brillaba el sol. Excelente balón botado por el principito Sosa desde la derecha que el brasileño conecta con la testa para cambiar la dirección del balón al palo contrario. 1-0. Si el grito de Simeone no sonó en toda la capital fue porque acabó mezclado con el de el resto de colchoneros que estábamos sufriendo. Era el grito de la tensión acumulado. De los que seguían y siguen soñando. Lo que quedó de partido fue simplemente una dulce agonía, no demasiado severa, con un Atleti en modo replegado y un Elche incapaz de hincar el diente a esa espesa roca que es el equipo madrileño cuando se coloca así. Diego Costa, de penalti claro, hizo el segundo gol cuando quedaban pocos segundos, algo que agradecieron los nervios de los aficionados rojiblancos.


Una final menos y tres puntos más. Fin del análisis. A bajarse las medias, a recuperar fuelle y a encarar la siguiente final. El siguiente partido. Ahora más que nunca les pido que hagan caso de Simeone. Olvídense de consumir bazofia. Olvídense de calculadores, apuestas e historias de brujas. Nadie sabe lo que va a pasar. Ustedes tampoco. Partido a partido. Final a final.

Querer ser lo que uno es

At. Madrid 1 - FC Barcelona 0

“yo me voy al Manzanares, al estadio Vicente Calderón…”

Decía Erasmo de Rotterdam que la felicidad consiste principalmente en querer ser lo que uno es. Tenía razón. Los aficionados al Atlético de Madrid, al menos, lo entendemos así. Me consta. Somos del Atleti porque no entendemos que se pueda ser de otra manera y además nos parece una solemne estupidez tener que explicarlo. Si no lo entiendes es evidente que no eres de los nuestros. Somos del Atleti porque somos felices. Porque somos exactamente lo que queremos ser. Porque además estamos generalmente orgullosos de serlo. Independientemente de si la pelota entra o no. Porque anclamos los pilares de nuestra razón de ser en cosas que no se pueden comprar con dinero, por mucho que los pragmáticos monstruos que mueven los hilos del mercado quieran convencernos de otra cosa. Voy al Manzanares porque allí soy feliz. Porque, independientemente de lo que ocurra, seguiré siendo feliz por el simple hecho de sentirme parte de esa cosa etérea e indefinida que denominamos Club Atlético de Madrid. No miren al marcador para entenderlo. Miren al escudo. No busque explicaciones en el presupuesto ni en nombres rimbombantes con origen en lugares exóticos. Para entenderlo observen mejor la sonrisa sincera y natural de un jugador de fútbol profesional enfundado en la casaca rojiblanca mirando a una grada que lo ha transportado en volandas hasta conseguir llegar a la semifinal de la Champions League.

“…donde acuden a millares, donde gustan del fútbol de emoción”

Llevo toda la vida acudiendo al estadio Vicente Calderón pero no recuerdo muchas noches iguales. El Manzanares ha estado abarrotado otras veces. Otras veces hemos hecho mosaicos y otras veces la gente se ha dejado la garganta pero lo de este partido contra el Barça ha sido otra cosa. No sé cómo se vería a través de la televisión pero cualquiera de los que allí hemos estado sabemos que hemos asistido a algo especial. Único. El ambiente era exagerado. La presión brutal. La emoción extrema. Pero a diferencia de lo que puede ocurrir con equipos perdedores, en nuestro caso los nervios, que los había, se transformaban en energía positiva que llegaba al campo. ¡Desde luego que llegaba! El Equipo salió a comerse al Barcelona. Con una intensidad, unas ganas y una forma de jugar al fútbol que nadie podía imaginar. Los primeros quince minutos del Atleti fueron soberbios. Rozando la excelencia. Una apisonadora que aplastó a todo un FC Barcelona. Mordiendo en el mismo área blaugrana y obligando a los del Tata a parecer un equipo vulgar, incapaz de saber qué hacer con la pelota. Amagó Raúl García con un tiro lejano pero eso no era nada. En una jugada que luego se repetiría mil veces, balón largo la cabeza del navarro que prolonga a la espalda de Dani Alves, Adrián se plantó delante de Pinto para empotrar el balón en la cruceta. Mala suerte para el asturiano, señalado por Simeone en la previa en otro de esos gestos del Cholo que lo reivindican como entrenador excelso, que no empaña sin embargo un gran partido por su parte. Si Simeone es capaz de recuperar para la causa a un excelente jugador como Adrián, el tema de la canonización habría que ir empezándolo a mover. Pero la jugada no terminó ahí. El Atleti, enchufadísimo, siguió mordiendo y Villa, otro que demostró ser un magnífico profesional y todavía un jugador muy aprovechable, consiguió colgar el balón al área con la izquierda. Adrían, otra vez, dejó los fantasmas a un lado para elevarse a los cielos en un salto portentoso, ganando la partida al defensor catalán y mandando el balón al otro palo por donde apareció Koke para marcar el 1-0. El éxtasis en la grada. En mi vida me he abrazado a más gente desconocida en tan poco tiempo.

“…porque luchan como hermanos…”

Pero el Atleti no se quedó ahí. Henchido de furia, sintiéndose poderoso, con un nivel de concentración sobrehumano y disfrutando de jugar fútbol, el equipo colchonero siguió dominando, a su manera, y poniendo en dificultades a un equipo blaugrana que parecía grogui. Impidiendo a base de presión y entrega que el rival pudiera jugar el balón, pero defendiendo como la roca que acostumbra cuando el Barça cruzaba el centro del campo. Una vez más (y van…) un excelente planteamiento táctico de Simeone que es para enseñarlo en las escuelas de fútbol. El Atleti pudo haber resuelto en esa primera media hora pero los palos de la portería se lo impidieron. El bueno de Villa se topó por dos veces con el larguero, tras dos buenas jugadas verticales de los madrileños. Sólo al final del primer tiempo el Barça tomó consciencia de lo que se jugaba y rondó con cierto peligro la portería de Courtois, pero nunca con demasiada presencia y siempre a base de balones colgados.

“…defendiendo sus colores….”

La segunda parte siguió el mismo guión que habían tenido los últimos minutos de la primera. Un Atleti algo más replegado y un Barça con mayor posesión que sin embargo seguía huérfano de ideas para atacar la tela de araña diseñada por Diego Pablo Simeone. Mientras Messi, Iniesta, Cesc, Neymar, Xavi y el resto de superestrellas del Barça se hundían en el imaginario pozo del ostracismos (de hecho Iniesta fue sustituido en una decisión difícilmente interpretable para un admirador de Iniesta como yo) los que vestían de rojiblanco se fundían cada vez más en un solo concepto. En una sola forma. En un equipo. EL equipo. Porque si hay algo que caracterice a este sueño firmado por el Cholo es precisamente eso. La capacidad de ser un todo. Único e indivisible. Capaz de hacer un partido excelso cuando sus dos máximas estrellas, Diego Costa y Arda Turan, estaban en la grada. Por eso me cuesta tanto destacar jugadores concretos en partidos como este. Pero tengo que hacerlo. Si los once que saltaron al campo estuvieron a una altura máxima, quiero quedarme especialmente con dos nombres. Koke, que volvió a dar una lección de futbolista total. De los que atacan, defienden, marcan goles, ordenan las filas, dan el último pase, equilibran y desequilibran. Un jugador 1o que además es de la cantera y es del Atleti. Y Tiago, que volvió a dar una lección magistral de lo que es jugar de mediocentro. Pero sería injusto desmerecer a una defensa que a fuerza de jugar siempre rondando la perfección olvidamos lo buena que es. O de ese Gabi que representa el escudo colchonero en un jugador. O de Raúl García que, pese a quién pese, es cada día más importante en este equipo. El partido transcurrió con la emoción propia del evento y con los gritos desaforados de una grada que volvió a ser el duodécimo jugador rojiblanco pero pensándolo en frío, tampoco se paso especialmente mal. El Barça tuvo sus opciones, sí, pero fueron puntuales. Fruto de balones colgados y con remates de cabeza que salieron desviados. Su mejor jugada fue una internada de Neymar que desbarató Courtois tirándose como una gacela a sus pies. Los últimos cinco minutos los vivimos de pie, abrazados en la grada y sufriendo pero en el ambiente podíamos notar, desde hacía ya muchos minutos, el delicioso olor de la victoria. El árbitro pitó el final y se desató la euforia.

“…con un juego noble y sano…”

50.000 adultos sonreímos como niños en ese vetusto cemento que sostiene el Vicente Calderón. Reímos, lloramos, nos abrazamos sin conocernos y buscamos la forma de expulsar la adrenalina que se había acumulado hasta saturar nuestro cuerpo. Los jugadores, rotos físicamente, hacían lo mismo sobre el césped antes de volver a los vestuarios. Pero allí no se marchaba nadie. No queríamos que ese delicioso momento, ese cenit de la felicidad que supone ser seguidor del Atlético de Madrid, acabase todavía. A base de ruido y pasión obligamos a los jugadores a volver al césped para disfrutar de una fiesta de la que por supuesto formaban parte. Como héroes anónimos que, altruistamente o no, habían dado todo lo que tenían por una idea. Por un símbolo. Por un equipo. Por el Club Atlético de Madrid. Todavía no habíamos reparado en ello entonces pero en ese momento éramos semifinalistas de la Copa de Europa. Después de 40 años.   


“…derrochando coraje y corazón.”

Dudando de las premisas

At. Osasuna 3 - At. Madrid 0

Decía el inspirador de este blog, Don Pedro Calderón de la Barca, que siempre el traidor es el vencido y el leal el que vence. Hoy parece un buen ejemplo para refrendar algo así. El Atlético de Madrid sale vencido y derrotado de Pamplona precisamente por traicionarse a sí mismo. Por desviarse de la filosofía pétrea a la que llevaba aferrado desde hacía mucho tiempo. Simeone peleaba contra viento y marea frente a periodistas feroces, ávidos de pulverizar un incómodo discurso que los creadores de realidades no podían controlar. Trataba de evangelizar con una idea de encarar la vida, dentro y fuera del campo, que había resultado ser componente indispensable del éxito. Partido a partido. No había vida más allá del mañana. No había objetivos más allá de la siguiente alineación. Pero eso se ha roto precisamente hoy y esa, para mí, es la peor de las noticias. Por encima del 0-3 y el alejamiento de las posiciones de cabeza. Hoy se ha roto uno de los pilares de nuestra forma de entender el fútbol y sí, podría quedarse en anécdota, pero también podría hacernos pensar en que todo lo anterior era mentira. Mal asunto. Nunca, y aquí está escrito, he visto al Atlético de Madrid como candidato al título de liga. Por razones obvias además. Creo que tenemos una plantilla de 10 jugadores de elite, 3 o 4 que pueden apuntalar el equipo en un momento dado y nada más. Suficiente para disputar un torneo corto, insuficiente para disputarle una liga a equipos que manejan diez veces más presupuesto que tú. Pero eso no tiene nada que ver. Se puede perder y eso entra dentro de lo normal pero la derrota de Osasuna es un torpedo en la línea de flotación. Cuestionar a los padres fundadores. Dudar de las premisas.

Simeone es humano y por ende también se puede equivocar. Hoy se ha equivocado. Espero que lo reconozca, aunque sea a puerta cerrada, y que aprenda de ello. La alineación (y por tanto la forma de jugar) con la que se salta al Sadar es una alineación pensada para el domingo que viene o para el partido de unos día después frente al AC Milan, pero no no es una alineación pensada para derrotar a Osasuna. Demasiadas piezas vitales fuera del campo. Mario Suarez sigue perdido en el campo con un nivel de imprecisiones y desequilibrios que ahora mismo es lo que más me preocupa de cara al futuro (básicamente porque Tiago no está). Villa sigue siendo el Villa de la temporada. Inexistente, inofensivo e inédito. Y lo de Adrián no tiene nombre. Lejos de ser un jugador con pocos recursos ahora mismo y nulo aporte, el problema es que sus desequilibrios los nota demasiado el equipo. No transmite nada positivo y tengo la sensación de que contagia al resto su permanente melancolía. Con ese guión Gabi tiene que justificar a Mario, Costa tiene que justificar a Villa y todos tienen que justificar a Adrián. Demasiado desequilibrio. Diego se perdía también en algún lugar del centro del campo pensando en lo difícil y olvidando lo fácil. Sé que le caerán palos también al brasileño, pero para mí su problema va ligado al del equipo y no al revés. Si a eso le unen una mentalidad débil y un nivel de intensidad discreto, tendrán lo que hoy ha saltado al campo para enfrentarse contra Osasuna. Los navarros, por el contrario, lo hicieron muy bien. Juntos, compactos, intensos y con la sensación (que en ningún momento dio el Atleti) de haber estudiado a su rival. Tras un breve espejismo de los colchoneros (hoy de amarillo) los navarros se hicieron en seguida con el balón y con el partido. Mucho más rápidos y metidos en el encuentro metían al equipo del Cholo en su campo haciéndoles parecer perdidos. Los rojillos llegaban antes, daban antes, corrían más, peleaban más y jugaban más. El nivel de imprecisiones en las filas madrileñas eran ya, pasados cinco minutos, muy elevadas. 

Enseguida llegó el primero. Córner sacado con habilidad por Osasuna que, jugando primero en corto, provoca que el Atleti se marche en bloque al primer palo para que el lateral navarro, Cejudo, entre completamente solo por el segundo para batir a Courtois. Falta de intensidad en la defensa que deja a un jugador rival sin nadie cerca. Creo que el error es básicamente de Villa. Pero el Atleti no reaccionó. Lento, espeso, dormido... como ido del partido. Mario llegaba tarde a todo y era incapaz de triangular un balón. Villa y Costa partían al equipo quedándose arriba. Diego se veía solo y se liaba en guerras de guerrilla. Adrián seguía pensando que estaba en la grada y es su ensoñación se olvidaba de presionar, dejando todos los huecos posibles. Quince minutos después el equipo sigue desequilibrado y sin ideas así que una pésima salida de balón de Gabi provoca el robó cerca del área de Armenteros que empala un gran balón que toca el poste y se mete en la portería de Courtois. 2-o. Se avecinaba la tormenta, básicamente porque seguíamos sin noticias de los madrileños. Diego Costa era el único que tiraba de escudo y quizá un desacertado Diego al que no le salía nada. Cerca del descanso llegó la puntilla final. La presión inexistente de Adrián en banda provoca un centro al área que ninguno de los centrales (ni por su puesto Mario) son capaces de reducir y que engancha Roberto Torres para hacer el tercero.

La segunda parte fue un trámite. Un periodo de tiempo aburrido e inútil que cualquiera de los protagonistas hubiese aceptado no disputar. Simeone cambió algunas fichas y sí, el Atleti empezó a parecerse al Atleti, pero ya era demasiado tarde. El partido había terminado mucho antes. Osasuna se limitó a jugar ordenado y dejar que los rojiblancos poco a poco se ahogasen en su propia desesperanza.


Tres puntos que se van y con ellos la cabeza de la liga. Ese sueño que siempre lo fue y que poco a poco aparece cada vez más etéreo. Personalmente no me preocupa descolgarnos de los primeros puestos porque, como ya he dicho, es algo a lo que estaba preparado. Ya estamos muy por encima de lo que esperaba, así que eso engrandece todavía más el mérito de Simeone. Pero lo que sí me preocupa, y mucho, es la perdida de identidad. Dudar del discurso. Renegar la esencia. Renunciar a las premisas. Por ahí sí que no. Yo prefiero volver al partido a partido.   

Control de Calidad

Real Madrid 3 - At. Madrid 0

Cuando después de la segunda guerra mundial japoneses y estadounidenses idearon las reglas de los sistema de calidad y de lo que después se denominaría Calidad Total, lo hicieron reparando en cosas en las que anteriormente nadie había reparado. Por ejemplo no solamente se limitaron a procedimentar los procesos repitiendo mecanismos seguros, como forma de evitar errores, sino que enfocaron sus esfuerzos a prevenir actividades erróneas en lugar de a corregirlas. Pero también aplicaron métodos estadísticos para analizar los sistemas y concluyeron que aun reduciendo los motivos de error, ajustando los procedimientos y aplicando todos los mecanismos posibles, estadísticamente el error aparece periódicamente. El reto estaba por tanto en ampliar lo más posible la frecuencia de ese error. El Club Atlético de Madrid es una maquina que funciona como un reloj. Lo digo yo y lo dice la prensa internacional. Es evidente, además. Sabe a lo que juega, tiene los movimientos automatizados conoce sus armas, reduce sus defectos y es generoso en la disciplina. Pero también es víctima de los rigores de la estadística, especialmente teniendo en cuenta que es una máquina compuesta por seres humanos, por lo que periódicamente tiene que fallar. Tenía que fallar. El problema es que lo ha hecho hoy, en el peor momento y el peor escenario posibles.

Como ustedes comprenderán fácilmente, no tengo el ánimo como para darme a la lírica recreándome con gracia en lo que ha sido el partido de hoy, pero es que sinceramente tampoco creo que merezca demasiado la pena. Objetivamente ha sido un partido horrible, trabado y feo, en el que apenas ha existido fútbol. Pero es verdad que otras veces, cuando hemos ganado, eso no nos ha importado. Podemos también ponernos a buscar errores tácticos, buscar culpables o analizar las causas de la debacle que ha sufrido el equipo de Simeone pero yo lo veo más como un colapso general, un fallo en cadena, que como otra cosa. El partido en teoría comenzó como se esperaba, con el Madrid teniendo el balón y el Atleti compacto esperando fuera de su área. De hecho la cosa pintaba mejor, con esa línea de tres cuartos, con Turan y Diego, que a priori prometía mejor trato del balón que otras veces. Tuvimos incluso un atisbo de ilusión durante los primeros diez minutos en los que el Madrid dominaba pero el Atleti salía con criterio de su campo. Nada. Un espejismo. Enseguida el Madrid se quedó con el balón y el Atleti, sin defender bien, robaba el esférico muy atrás (cuando lo robaba), rifándolo después en seguida. Los cuatro de arriba estaban inéditos mientras Koke y Gabi no acertaban a controlar el centro del campo. En un partido muy trabado, el Real Madrid puso más intensidad que su rival y ahí empezó a ganarlo. Algo verdaderamente insólito. Es probablemente la primera vez que un equipo le gana claramente el partido en intensidad al Atleti en la era Simeone, pero hoy ha ocurrido. Preocupante. El Atleti no era capaz de sacar el balón, perdía todos los rechaces y llegaba tarde a todos los balones divididos. Sin embargo el Atleti ha pasado por episodios parecidos en momentos puntuales de otros partidos sin que ocurriese nada. La diferencia, lo que no apareció en esos momentos puntuales otras veces y hoy sí, es un elemento novedoso: la mala suerte. Y mala suerte fue por ejemplo el primer gol. Un disparó de esa desgracia para el fútbol llamada Pepe que rebota en la pierna de Insúa para despistar a Courtois y meterse en la portería.

El 1-o hizo que el Madrid creciese en confianza mientras el Atleti se escondía poco a poco, deshaciéndose por momentos. Realmente no hubo más ocasiones hasta el final de la primera parte pero la iniciativa fue siempre del Madrid. El Atleti se limitaba a arrastrarse por el césped sin dar la sensación de poder reaccionar. La afición colchonera confiaba que el descanso surtiese efecto en las tropas rojiblancas pero nada más lejos de la realidad. Diego dejaba su lugar al Cebolla, pero el uruguayo volvió a demostrar que ni es ni va a ser nunca titular en este equipo. Su impetu inicial se perdió según avanzaba el partido hasta desaparecer. Como siempre. Su aportación, como casi siempre también, fue nula. Sin Diego y con Raúl García haciendo de Raúl García (intrascendente en todo lo que no sea rematar a puerta) la única esperanza estaba en Arda, que lo intentaba en solitario pero que lógicamente era incapaz. El Madrid seguía con la misma intensidad y el mismo guión que en la primera parte y a base de tocar y jugar cerca del área Atlética (y gracias a la inexistente presión colchonera) consiguieron hacer la mejor jugada del partido, que además supuso el segundo gol. Gran pase de Di Maria a la espalda de los centrales que es aprovechada por Jesé, el nuevo mejor jugador de toda la Vía Láctea para la prensa objetiva, esa que es capaz de pedir la extradición y el garrote vil para cualquier indocumentado que se atreva a expulsar a Cristiano Ronaldo, batiese a un Courtois que tampoco estuvo demasiado acertado.

El gol terminó de hundir a un Atleti desconocido y perezoso que empezó a mostrar carencias, deficiencias y errores que hacía más de un año que no aparecían. ¿Fruto de la desesperación? Espero que sea eso. Ese momento oscuro que estadísticamente tiene que aparecer en algún momento y que apareció hoy. Entró Adrián en el campo pero su concurso lejos de pasar inadvertido, que hubiese sido lo mejor, resultó vital cuando cumplida casi la media hora de la segunda parte decidió perder un balón absurdo en zona de peligro que aprovechó Di Maria para encarar a Courtois y tirar a puerta. Con tan mala suerte (otra vez) para los de Simeone que el balón pegó en el pie de Godin para meterse de nuevo en la red. 3-o. Demasiado castigo para lo visto en el campo, quizá, pero eso es algo irrelevante. La eliminatoria estaba ya perdida. El último cuarto de hora fue un suplicio. Una pesadilla. El horror.


Es cierto que el Real Madrid llega 3 veces a puerta y mete tres goles. Es cierto que el Real Madrid tiene mucha suerte en dos de sus tres goles y que el Atleti la tiene muy mala cuando Turan remata a las manos de Casillas en la primera parte y sobre todo cuando Modric saca un balón a Godin en la línea de gol en un remate de cabeza de la segunda parte, pero la realidad es que el Real Madrid fue siempre mejor. Ganó en intensidad y siempre quiso ganar el partido. Algo que no se puede decir de su rival. No hay más. El Atleti nunca apareció. Fue probablemente el peor partido de Simeone desde que gracias a Dios está en ese banquillo y pagamos las consecuencias. Olvidémonos de las Copa del Rey. Empecemos a pensar en las otras dos competiciones. 

A medio gas

At. Madrid 1 - Ath. Bilbao o

La Copa del Rey es una competición muy bonita, dicen (decimos) los que sienten cierta añoranza por el fútbol épico e intenso que se da en esas competiciones en las que te juegas la vida a un solo partido. Ese fútbol que recuerda a los orígenes del fútbol y esas reglas concretas e implacables que no perdonan un mal día y que son también caldo de cultivo para historias épicas en las que David, para variar, puede ganar a Goliat. Pero eso era antes, como diría mi progenitor. La realidad contemporánea es mucho más aséptica y nos presenta un panorama bien distinto. El Campeonato de España, la Copa del Rey, desgraciadamente empieza a ser cada vez más tarde una verdadera competición emocionante y mágica. Las tercas leyes del mercado, que parecen aplicar a todo, han convertido la competición en un espacio con muchas aristas, interés relativo y múltiples grados de aproximación. Los humildes desparecen antes de que lleguen los poderosos, la clase media pisa el freno cuando mira el cuadro y ve que es absurdo quemarse ahora, a las diez de la noche frente a cuarenta personas en la grada, cuando te van a eliminar en la ronda siguiente y los grandes reservan fuerzas para empresas mayores. En los cuartos de final de la presente edición vemos, por ejemplo, como muy pocos equipos afrontan los partidos con su alineación titular lo cual, teniendo en cuenta que de pasar la eliminatoria significaría estar en semifinales, es cuando menos significativo y bastante descorazonador.

Teniendo esa lectura en mente, sorprende menos observar la alineación con la que el Atlético de Madrid encaró el partido. Cuatro reservas con pocos minutos (Alderweireld, Guilavogui, Cebolla y Adrián) más el jugador número 12 de la plantilla (Raúl García) eran de la partida inicial. Y se notó. El equipo salió al campo más o menos con su esquema táctico habitual y con las señas de identidad reconocibles pero no era lo mismo. Lógicamente. La intensidad estaba pero era de un grado menor. La línea de presión aparecía desajustada y su efecto se diluía demasiado fácil. La conexión entre líneas no existía y una vez más había que recurrir con demasiada frecuencia al pase largo. Los falsos interiores estaban demasiado estáticos en banda con lo que cerraban el camino a los laterales y hacían que se perdiese cierto control en el centro del campo. Y así podríamos seguir relatando toda una sucesión de pequeños detalles, ninguno verdaderamente dramático por si sólo, que hacían que el juego fuese espeso, lento y poco vertical. Enfrente un Athlétic bien plantado en el campo, gracias al excelente entrenador que tienen, con mayor y mejor trato del balón, que tenía más fácil que otras veces parar el juego del rival y que se veía también con mayores posibilidades de llegar al área contraria, algo que en su anterior visita al Calderón no fueron capaces de hacer. Pero los vizcaínos tienen un problema en la parte de arriba y sus posibilidades de gol se diluyen según se acercan al área contraria. Me temo que son muy dependientes de que el partido se rompa, se desequilibre y se ponga en modo épico, para que así sus posibilidades de gol aumenten. Tan es el caso que las mejores ocasiones fueron siempre del Atleti, el de Madrid. La primera parte (y en realidad durante todo el encuentro) la sensación era que el partido estaba encendido, con las alarmas puestas, con los mínimos niveles de intensidad, rigor táctico y preocupación, pero sin soltar del todo el pie. A medio gas.

El partido sirve también para comprobar que esa reticencia de Simeone a realizar cambios de peso en la plantilla tiene bastante lógica. Adrían, en la enésima oportunidad que tiene, volvió a dejar claro que tendrá mucho pero que da muy poco. Su aportación fue mínima, siguió con las mismas dosis de nerviosismo e imprecisión de siempre y para colmó falló un mano a mano que le había regalada un Koke que volvía otra vez por sus fueros. En el otro lado el Cebolla Rodríguez se solidarizaba con su compañero. Luchador y empático pero intrascendente y errático. Perdido, desconectado y con cierta tendencia a liarse en su propia trampa. Raúl García volvió a dar credibilidad a esa tesis que dice que sus aportación es mucho mejor cuando sale desde el banquillo que haciéndolo de inicio. Pero la palma se la lleva un Guilavogui que en ningún momento se hizo con su posición. Una posición clave además en el esquema de Simeone. Estático, con fallos sistemáticos de colocación y desesperadamente lento, lo cierto es que no veo al francés este año  jugando demasiado en el equipo. Me temo que la llegada de Mario le va a regalar numerosos minutos de inactividad. Sólo un Alderweireld serio y comprometido se puede salvar de la quema (aunque dejó algunas dudas en el tramo final del partido). Pero el belga tiene difícil jugar también con las alimañas que tiene delante. Ayer le tocó a Godín demostrar el excelente estado de forma, siendo además la baza ofensiva más peligrosa de su equipo. Suyo fue el único gol del partido, tras remate de cabeza brutal a otro pase magistral de Koke, y suyo podría haber sido el siguiente si en la segunda parte hubiese acertado a rematar, también de cabeza, otro centro desde la izquierda tras una jugada a lo Beckenbauer que él mismo había iniciado.

Me preocupa Diego Costa. Ha perdido chispa y ha ganado ansiedad. Vuelve a tirarse en exceso y vuelve a buscar la provocación del rival como recurso recurrente. Vuelve a preocuparse más del continente que del contenido y está siendo poco inteligente a la hora de lidiar con esa evidente (y bochornosa) campaña que hay también en su contra. Es patético ver como los focos están siempre puestos en su persona pero él debería ser consciente de ello y dedicarse a ser simplemente un buen jugador. Es patético como los árbitros vienen al Calderón a demostrarle al mundo que son bastante más chulos que Diego Costa pero si al final de la primera parte lo expulsan por un plantillazo estúpido, esa tarjeta (la otra es discutible) hubiese sido justa y nadie podría haber protestado de su expulsión.

La segunda parte empezó con Gabi en el campo y eso empezó a poner las cosas en su sitio, que se terminaron de completar con la salida de Arda minutos después. El Atleti tomó así algo más de control, el Athletic empezó a sufrir mayores dificultades en su juego y el partido se murió entre esporádicas ocasiones colchoneras (poco claras, para ser sinceros) y tiros de lejos de los bilbaínos que no conseguían despeinar a Courtois.


Espadas en todo lo alto, que dirán los amigos de las frases hechas. El resultado es bueno pero no definitivo y se espera un partido complicado en el nuevo San Mamés donde el equipo local será capaz de llevar el partido a esos niveles de adrenalina y testosterona en el que se sienten tan superiores. Debemos confiar en el equipo de Simeone, curtido ya en batallas de este tipo. Simeone, como los jugadores (y como nosotros), será consciente de que un gol nuestro obligaría a los vascos a tener que meternos tres. Algo que todavía no ha hecho nadie en esta temporada. 


Partido de otro fútbol


At. Madrid 2 - Sevilla FC 1 

Que la Copa del Rey es un torneo precioso y emocionante, especialmente en su tramo final, es algo que he reconocido ya muchas veces. Con esa premisa de fondo parecería lógico suponer también que vivir en directo el partido de ida de una semifinal despertaría una agradable emoción en mi persona pero debo reconocer que no es así. Por alguna razón, en los últimos años los partidos contra el Sevilla FC suelen ser momentos en los que dejo de disfrutar y se despierta en mi interior un crisol de sensaciones encontradas que no me gusta. Que de hecho detesto. Desde aquellos tiempos en que el conjunto hispalense estaba dirigido deportiva y espiritualmente por ese monarca de las esquinas oscuras del fútbol llamado Caparrós, un profesional con una concepción del fútbol y del deporte radicalmente opuesta a la mía, los enfrentamientos contra los sevillanos han tenido poco de fútbol y mucho de otra cosa. Lejos de parecerme algo digno de recordar lo entiendo como una muesca en nuestra historia. Una costumbre fea e incómoda que me gustaría ver erradicada alguna vez. Independientemente de quienes sean los culpables, desde el exclusivo punto de vista del lado colchonero, deberíamos empezar a evitar entrar en una guerra que ni nos conviene ni creo que encaje con lo que este club ha sido durante toda su historia. La rivalidad deportiva estará ahí y crecerá o decrecerá en función del desempeño y resultado de sus protagonistas. Perfecto. El resto es tan artificial y escatológico que deberíamos hacer el ejercicio de constricción necesario para salirnos de la puja. No me interesa. Prefiero llevarme el dolor de la provocación a entrar en un sucio juego del que no quiero ser partícipe. 

Pero todo esto se veía los minutos antes de acceder al Vicente Calderón y todavía se hizo mucho más patente dentro. Un nivel de ansiedad y tensión a flor de piel en la grada que no se correspondía con un acto deportivo. No era la emoción de una semifinal que hacía correr la adrenalina a toda velocidad sino el empacho en sangre de esa sustancia que el cuerpo humano supura cuando se siente amenazado. Ese ambiente se trasladó a un terreno de juego en el que se reconocía a los dos equipos. El Atleti de Simeone bien plantado, activo, dinámico, incisivo, veloz… y el nuevo Sevilla de Emery colocado, sólido, agazapado sin bajar la guardia y muy consciente de que en la Copa del Rey se juega la temporada. Tras unos primeros minutos de cierta ansiedad y precipitación cada escuadra adoptó su rol llegando a un cierto equilibrio. Pero no duró mucho. El Atleti, sustentado sobre todo en el incansable trabajo de los dos mediocentros (es justo destacar el gran partido de Gabi) se hacía con el centro del campo y ayudado por un Koke omnipresente y los dos estiletes de las bandas (Juanfrán estuvo más activo que otras veces) se metía cada vez más en terreno contrario. Y empezaron a llegar las ocasiones. Por la izquierda y por la derecha. Con Turán y con Filipe Luis. Pero no estaba Falcao. Y se notaba. Diego Costa, haciendo otra vez un gran partido, es un jugador tremendamente activo que se pasa 90 minutos tirando desmarques. Tiene mucha facilidad para abrir la delantera y caer a banda pero el problema es cuando no hay nadie detrás. O cuando el que está detrás es el actual Adrián. El asturiano lo intento y trató de entrar constantemente en juego pero no está con confianza. La duda es si Adrián es el de hoy o el del año pasado. La certeza es que hoy no está con el nivel que necesitamos. Resolvió mal a la hora de definir en casi todas las ocasiones y hasta tuvo errores tácticos básicos como el de irse al primer palo cuando Diego Costa viajaba al mismo lugar para dar el pase de la muerte al segundo. Aun así la ocasión más clara de la primera parte fue del brasileño que tras un pase magistral de Gabi se quedó solo delante del portero rival pero no acertó a meter el balón en la portería. Para entonces el Atleti era un vendaval y el baño de fútbol y juego que estaba dando a su rival era considerable. Pero llegó el descanso y el empate a cero lucía en el marcador de forma injusta. 

El juego y verticalidad del Atleti había enmascarado ligeramente la labor arbitral. Malo en las decisiones pequeñas y absolutamente nefasto a la hora de controlar el partido. Permitió que las constantes provocaciones, primero y sobre todo del Sevilla pero más tarde también de los colchoneros, acabasen impunemente con lo que sin darnos cuenta estuvimos inmersos en ese juego zafio y detestable de patadas, codazos, protestas, pérdidas de tiempo, miradas asesinas, gestos macarras y demás habitantes del otro fútbol. Eso que aparece siempre últimamente en los Atleti-Sevilla. El segundo tiempo comenzó con todo eso en el campo, con un Atleti que trataba de hacer lo mismo pero con un Sevilla que se había aprendido la lección y que ahora cerraba las rendijas por las buenas o por las malas. Los dos equipos jugaban en campo de los andaluces pero las ocasiones no eran claras. Hasta que llegó el principio del fin. Mano en el área hispalense, tarjeta amarilla, la consiguiente expulsión de Spahic, penalti y gol de Diego Costa que fue el que había provocado todo aquello. Lata abierta. 1-0. Bien. 

No. Mal. Muchas veces hemos criticado al equipo, yo el primero, por echarse atrás tras marcar un gol pero partidos como éste son los que hacen anulan esa crítica de un plumazo y dar la razón a tipos como Simeone. Aunque todo es matizable, claro. Lo que uno reclama desde la grada es que el equipo no se encierre en su área a defender un gol pero eso no significa querer que los jugadores se marchen desaforadamente al ataque sin orden ni concierto que es lo hizo el Atleti. Durante unos minutos, aupado por la euforia ruidosa de la grada y un rival con diez, el equipo se fue en tromba arriba sin ser consciente de que rompía el partido. Los ataques rompían al equipo dejándolo abierto y con mucho espacio por defender lo que provocó la mejor jugada rival. Un balón en contrataque que recoge en el centro Navas con mucho espacio y que de pase magistral habilita un uno contra uno de Negredo que en la línea de gol Godín evita, yo creo que de forma involuntaria, con la mano. Penalti, expulsión y empate a 1. 

El Atleti acusó el golpe de forma dramática. Sobre el campo se vio entonces a un equipo local perdido y aturdido que no lograba encontrarse. El Sevilla, aupado en el gran resultado y la debilidad rival tomo el mando del juego y empezó a gustarse. El Calderón se encogía a medida que los de blanco rondaban el área y llegaban con peligro. Simeone contuvo la sangría sacrificando a Koke para sacar al Cata. El Atleti mostró entonces unas carencias físicas tan evidentes como preocupantes. Aun así, las fuerzas se igualaron y apareció, otra vez, el otro fútbol. También alguna que otra jugada aunque esporádica y de poco fuste pero en una de ellas, un combativo Cebolla consigue en su pelea que su rival evita la continuidad de la jugada con una nueva mano. Penalti que volvía a convertir Diego Costa para que la grada respirase algo más tranquila. El Atleti pudo aumentar la renta a partir de entonces, especialmente cuando Navarro derribó a Costa cuando se marchaba solo hacia la puerta pero no pudo ser. Tampoco puede decirse que fuese injusto. 

2-1 que deja el resultado abierto para la vuelta y que obliga a los colchoneros a realizar un buen encuentro pero sobre todo a construir una alineación preparada para defender o crear fútbol según se desarrolle el partido. Si el Sevilla gana 1-0 pasa la eliminatoria y es lo que buscarán. Un gol rápido que les permita replegarse y salir. Lo que más le gusta a Emery. El Atleti hará lo propio mientras evita el plan andaluz pero debe estar preparado para ese gol hispalense. El ambiente con el que perfumarán el encuentro en la rivera del Nervión no parece que pueda ser el de las grandes y agradables noches de fútbol sino otra cosa bastante más hostil. Habemus partido. Y no será fácil.

Sueños, otra vez

At. Madrid 1 - Celta de Vigo 0

Ayer, cerca de la media noche, cuando Simeone elevaba sus brazos al aire buscando el rugir de una grada que lo adora y apenas uno segundos antes de volver a ganar en el Calderón sumando tres puntos más, me acordé de aquello que decía Aristóteles de que la esperanza es el sueño de un hombre despierto. Esperanza. Sueños. De eso trata al fin al cabo todo este universo del fútbol pero hace ahora un año precisamente en que a muchos nos costaba enfocar el alma en algo que no fuese la cruda realidad. Hace un año el Atleti era una broma. Una sombra distorsionada de una historia superlativa. Un ánima enclenque que se desangraba por las esquinas con indolencia y aburrimiento extremo. Cuando en esas circunstancias tan sumamente penosas apareció Simeone en rueda de prensa como nuevo entrenador del Atlético de Madrid, la esperanza estaba fundamentada sólo en el convencimiento absoluto de un entrenador y en la ilusión indomable de una afición que una vez se hizo famosa por no rendirse nunca. El sueño de creer en que a pesar de lo que marcaba la realidad, del pasado reciente, de “dueños” venenosos, de las caras de unos jugadores que saltaban con miedo al campo, de la insolencia de unos medios de comunicación que dejaron atrás el proverbial desprecio por el escudo con el oso y el madroño para pasar directamente a la diaria humillación, de alguna manera la esencia del histórico Atleti podría volver a brotar, no sé sabe bien cómo, de la mano del argentino. Y aquí estamos. Doce meses después en los que como una chaqueta reversible la situación se ha tornado al contrario. Resulta complicado pensar en que aquella eliminación de Copa frente al Albacete o aquella humillante derrota en casa contra el Betis son cosas que acontecieron hace apenas un año. Simeone, y creo que tiene todavía más mérito del que le damos, ha sido capaz de no sólo de devolvernos las ganas de ir al Vicente Calderon, de darnos dos sabrosos títulos europeos o de hacernos sentir orgullos mirando al histórico rival ahí abajo en la tabla sino que, mucho más importante, ha sido capaz de plantar los cimientos sólidos de algo que puede llegar a ser, otra vez, el Club Atlético de Madrid. El Cholo pedía estabilidad para el 2013 que se avecina y sinceramente, creo que es lo que más falta hace para que despertemos y resulte que todo ha sido verdad. 

El partido contra el Celta comenzó a horas intempestivas (lamentable) pero con igual actitud por parte de los madrileños. Incluso algo pasado de revoluciones, la tradicional verticalidad con la que los del Cholo enfocan los partidos se perfilaba muchas veces en exceso lo que impedía la creación en el centro del campo. Aún así el primer Atleti fue un vendaval que los gallegos, metidos en su área, intentaba contener como podían. Un acertadísimo Arda, otra vez, se transformaba en un puñal por la banda izquierda en la que el debutante Cisma iniciaba lo que sería a la postre un partido más que correcto. El Atleti debió haberse puesto por encima en el marcador en ese impetuoso arranque pero no fue así. La ocasión más clara vino con la enésima buena jugada del turco que tras pasar el balón por la frontal del área en combinación, éste acabe en la derecha por la que entraba Koke que ajusta demasiado el disparo y da en el poste. La igualdad en el marcador permitió pasados los minutos que los de celeste se asentaran es su planteamiento ultradefensivo (por mucho que su entrenador diga que no) y consiguieran realizar su principal cometido táctico al saltar al césped: anular a Falcao. La buena labor de la pareja de centrales y las ayudas defensivas de los mediocentros hacían que el colombiano tuviese que jugar muy alejado del área. El Atleti acusó el borrón en su idea de fútbol y nos fuimos al descanso con la sensación de que el Celta se había estirado y de que el Atleti se estaba apagando no sólo en su juego (que lo era) sino también en su intensidad. 

A todo esto tampoco ayudó demasiado el frío ambiente provocado por esa huelga de animar que decidieron hacer los miembros del Frente Atlético. Al parecer, es lo que me contaron, los miembros de la peña ultra estaban enfadados por una sanción interpuesta por el club tras sus lamentables insultos contra el Deportivo. De confirmarse esta versión aplaudo la decisión del club y no me duele en prendas reconocerlo. La deriva que había tomado el fondo no sólo era repugnante sino que superaba lo tolerable. El Calderón necesita al Frente, no nos engañemos, pero no a la versión hostil y desagradable de los últimos tiempos. Esa que basa la mayoría de sus cánticos en el insulto gratuito y soez al rival. A todos los rivales. Esa que se olvida del fútbol, lo que nos une a los colchoneros, para reivindicar ideas ajenas al deporte en las que los aficionados dudo que coincidamos. 

El segundo tiempo tuvo unos minutos muy parecidos a los del final de la primera parte pero a partir de la salida del Cebolla el Atleti tomó definitivamente las riendas del partido y metió al Celta en su campo a base de toque, anticipación, ganas y juego. Los gallegos eran incapaces de salir de allí y el gol rojiblanco amenazaba constantemente pero las ocasiones no eran claras y los minutos seguían pasando. La peligrosa duda se instalaba en la cabeza de todos cuando apareció el bueno de Adrián, por fin. Un jugador que no está teniendo una temporada ni mucho menos buena pero sobre el que Simeone nunca ha perdido la esperanza. Mérito y apuesta del argentino que ayer le devolvió el asturiano con una gran volea con la zurda en la frontal del área (tras pared fallida) que se coló por la escuadra rival. A partir del gol el partido de rompió un poco, provocado por la necesidad del Celta de irse arriba y de cierto desajuste táctico en el Atleti tras los cambios (no teníamos por ejemplo lateral izquierdo tras el cambio ofensivo del Cisma por Raúl García). Se vivieron algunos momentos de tensión que en realidad no llegaron a ser significativos salvo la jugada que expulsó a Miranda por doble amarilla. Contrataque gallego que el brasileño se ve obligado a cortar con la mano en la frontal del área. La falta era muy peligrosa pero el jugador del Celta encargado de llevar a su equipo a la gloria tuvo la mala suerte de resbalarse justo al ir a golpear. Fin del partido. 

40 puntos antes de terminar la primera vuelta son muchos puntos. Como para pensar en el liderato en otras ligas más igualadas. Un registro soberbio e histórico que nos da a los Atléticos la oportunidad de enfrentar el año que viene cargados de fuerza, esperanza e ilusión. De soñar, al fin y al cabo. John Lennon decía que un sueño que sueñas solo es solamente un sueño pero que un sueño que sueñas con alguien es una realidad. Sé que no estoy solo. Sé que nuestra realidad se llama hoy, por fin, Atlético de Madrid. Que tengan una feliz navidad.

¡Vamos chicos!

Valencia 0 - At. Madrid 1

Siento una gran lástima por la gente a la que no le gusta el fútbol. En realidad siento una gran lástima por esa gran cantidad de gente que no es capar de sentir pasión por nada, ni siquiera por el fútbol. No es cuestión de ponerse a teorizar, aquí y ahora, sobre la vida y sus circunstancias pero uno está plenamente convencido de que esa tibieza de la gente para con sus sentimientos está más relacionada con la pereza y el miedo que con cualquier otra cosa. Sentir pasión verdadera, desnudarte emocionalmente, agarrarte a una idea con ardor enfermizo tiene el riesgo de toparte con un muro de realidad o de falsedad o de decepción que hace mucho daño. Tanto como alta sea tu apuesta inicial. Este miedo a la decepción es lo que, para mí, hace que la gran mayoría de humanos prefieran tomarse la vida de otra manera. Lo respeto pero siento lástima por ellos. Asumiendo esto de la vida de una forma tan saludable evitará desde luego que pasen el día de nervios que yo he pasado antes de la semifinal o que pasaré dentro de dos semanas en la gran final de Bucarest pero a la vez me temo que evitarán del mismo modo sentir lo que es vivir. Sentir a flor de piel. Mascar, degustar y tragar la felicidad verdadera. Esa que no sabes de dónde viene. Esa que no se puede explicar ni repetir. Esa que es imposible comprar con dinero.

A las 7:00 de la mañana del 26 de Abril de 2012 (109 años después de que unos estudiantes vascos decidieran crear un club de fútbol en la capital que no tuviese nada que ver ni en forma ni en modos con un Madrid FC que ya adoctrinaba por entonces que sus genuinas artes) el que esto escribe mandaba a su cuenta de Twiter el siguiente mensaje: “¿Qué hago ahora yo hasta las 21:05?”. No era broma. No era gracioso. No era un intento de hacer un chiste ingenioso. Era la cruel realidad. Horas y horas de nervios contenidos. Horas y horas de vivir en un mundo el que tenía que hacer una cosa pero mi cabeza estaba en otro sitio. Horas y horas de no querer hablar de fútbol, ni ver noticias, ni dejar que cualquier cosa relacionada con la semifinal entrase en mi cabeza. No es una sensación agradable, pero es una sensación única. Es sobre todo el billete de entrada ese lugar escogido al que sólo acceden los que sienten la felicidad en su estado más puro e intangible.

A las 21:05, en la soledad del salón de mi alcoba (el resto de inquilinos decidieron no tentar a la suerte de esa alimaña que llevo dentro en momentos de nervios), adopté la posición oficial en el sillón de la suerte de mi casa (pies tocando el suelo, dedo pulgar izquierdo dentro de la mano derecha, etc…) y así me mantuve los 45 minutos que duró la primera parte. También los segundos. En los primeros compases las sensaciones eran buenas independientemente de la velocidad a la que mi corazón bombeaba la sangre. Alineación decente y jugando en campo contrario. Falsa percepción. Emery, ese personaje ridículo en el transcurso de un partido y que hace de la especulación en el fútbol un presunto arte, decidió ayer jugar al fútbol demostrando a sus aficionados (y a mí) que también sabe hacerlo. Aupado por el espíritu de la remontada y el ambiente de Mestalla pero también en una alienación valiente y arriesgada así como una disposición táctica brillante, el equipo valenciano se hizo dueño y señor del partido comiéndose a un Atlético serio y compacto pero aturdido. Los rojiblancos se echaron demasiado atrás, perdieron el balón (no sé con cuanto porcentaje de voluntariedad) y nuestra línea de peloteros (Adrián, Arda, Diego y Falcao) sufrió mucho haciendo lo que peor saben hacer: defender. Los levantinos elevaban la presión al máximo, abrían el campo con los laterales, equilibraban el medio centro dejando libertad de movimientos a sus jugadores de creación (especialmente Canales) para llegar con facilidad, velocidad y criterio a la frontal del área. El acoso era constante y la sensación de gol también. Nunca se sabe lo que hubiese podido pasar si el Valencia hubiera marcado en esos minutos de agobio pero no pintaba bien la cosa. Sin embargo estaba Godin (hoy si, soberbio), Miranda y sobre todo un Courtois que a modo de epifanía ha utilizado esta semifinal para eliminar el miedo que se le quedó incrustado en la piel durante el derbi.
La segunda parte fue otra cosa. Con Gabi sustituyendo a un Mario Suárez que nunca estuvo a la altura de las circunstancias el equipo siguió replegado pero más lejos de su área. El centro del campo empezó a no ser la autopista de la primera parte y encima llegó la desgraciada lesión de Canales. El cántabro fue hasta ese momento el mejor del partido y la clave táctica que revolucionó al Valencia pero ese giro de rodilla tiene una pinta penosa. Espero de corazón que no sea lo que todos creemos y pueda seguir jugando al fútbol como lo hace.
Con el equipo che algo desubicado tras la lesión y Mathieu buscando su sitio en el campo el Atleti sale de la cueva con el balón en los pies de Diego que mete un buen pase a lateral del área dónde aparece Adrian. Muy alejado del área y esquinado entiende rápido la falta de efectivos rojiblancos cercanos y decide empalar el balón para meterlo por la escuadra. El gol, independientemente de su significado, es una maravilla. Una obra de arte. Un gol que abre los ojos de esa estirpe de periodistas que únicamente sabe chapotear en el fango mediático del Madrid-Barça y que también caen rendidos ante la calidad superlativa del asturiano.
Fin del partido. Fin de la eliminatoria. ¡¡A la final!! Lo único reseñable tras el gol fue la absurda tangana que se formó en el área atlética tras una duda del árbitro respecto a un posible penalti que no fue y que impedirá a Tiago jugar la final por expulsión directa. Cuestionable la actitud del portugués que sin embargo creo que está siendo exagerada. Lo que realmente eché de menos no fue una lucidez de Tiago, complicada a todas luces en esas circunstancias, sino alguien con liderazgo en el campo capaz de coger a Tiago, llevárselo en seguida de la tangana y cortar el circo.
Y ahora la final. El único partido del campeonato en el que me da igual como se juegue. Yo en esto (también) soy de Luis Aragonés cuando dice que las finales no se juegan. Se ganan.
¡Vamos chicos!

The Boo Radleys – C’mon Kids



Día triste

At. Madrid 3 - R. Zaragoza 1



“Entonces sentí que había tenido un sueño, recordé las cosas que había visto. Puedo escuchar todavía las cosas que dijiste con aquel mal sueño en mi cabeza. Fue un día triste. Un mal día”.

Hace más diez años que las temporadas del Atlético de Madrid tienen en común un rasgo verdaderamente triste. Desde hace más de una década, los aficionados esperamos consciente o inconscientemente la fecha de la temporada en la que nuestra ilusión exhala definitivamente su último suspiro. La fecha en la que la desesperación se hace roca, los sueños arena y todo el mundo toma conciencia de que lo que queda por delante será una aburrida carrera hacía una miserable orilla, sobre una canoa que hace agua por todos los sitios y en la que pasaremos malos ratos intentando achicar agua. Me temo que esa fecha ya ha llegado para el Atlético de Madrid. La temporada 2011/2012 tiene la misma pinta que cualquier temporada anterior. Cualquiera en la que lo crítico de la clasificación justifica las medidas desesperadas. Cualquiera en la que siempre y de antemano se sale con el cartel de víctima sobre los hombros. Cualquiera en la que para navidades el equipo ya es irremediablemente una pena sin futuro, sin esquema, sin ambición sin jugadores y sin entrenador.

Uno trataba de pensar sobre el tipo de sensaciones que podría encontrarse esta tarde en el Vicente Calderón pero ya antes de llegar al estadio tomaba conciencia de la inutilidad de estos pensamientos. La tremenda inutilidad tanto del partido por ver como de partidos venideros. Ganar era prolongar la agonía de un proyecto muerto y caduco del que sólo me preocupa el estado de fermentación y putrefacción al que puede llegar el equipo hacia el final de la temporada si nadie pone remedio. Perder era desgarrar la herida letal que ya ha matado ese equipo que en la actualidad viste con la equipación del Atlético de Madrid. Evidentemente uno siempre espera la victoria de su equipo pero evidentemente también uno sabe lo que viene después. Espesura en casa, cobardía fuera. Sopor en el Calderón y empates que se transforman en patéticas derrotas más allá del Manzanares. Alguna que otra derrota humillante con algún que otro histórica rival entre medias. Al final hoy se ganó, pero en un día triste que solamente valdrá para estirar el mal sueño.

El Calderón presentaba esta tarde una imagen bastante triste también. A pesar de las cantidad de caras desconocidas, gente perdida y con entrada que impedía la entrada en los vomitorios, la grada presentaba una entrada pobre y silenciosa. El Atleti se presentaba en el césped con algo de timidez y una disposición algo más coherente que otras veces aunque con la inevitable apuesta medular del psicólogo de psicólogos, ese tándem Mario-Gabi que tantas pesadillas promete a la sufrida parroquia colchonera. Lo bueno para nosotros es que Turán estaba por allí y sobre todo que enfrente teníamos una escuadra diseñada por otro estratega de valentía y criterio incuestionable: Aguirre. El Mejicano, genio y figura, planteó un encuentro con cinco centrales y dos medio centros defensivos que también fueron o serán centrales algún día. ¡Viva el fútbol! Los colchoneros, atenazados, tocaban el balón en horizontal mientras los maños, constreñidos, esperaban en su área. Fútbol moderno. El esquema duró apenas 20 minutos. El tiempo que tardó Turán en poner un centro al interior del área que Adrián, completamente solo, remató a gol de cabeza. Los que sufrimos al bueno de Aguirre durante temporadas que parecieron lustros ya sabemos del “buen hacer” del mister. Da igual que pongas siete defensas cuando tus conceptos defensivos son tan pésimos. Por cierto, buen partido de Adrián, batallador y generoso, haciendo lo que lleva haciendo desde que empezó la temporada y que solamente la incomprensible necedad de su entrenador ha hecho que estuviese apartado de la titularidad en un equipo con poquísimos titulares indiscutibles. Con el 1-0 en el marcador, entonces si, el valiente de Manzano se atrevió por fin a salir del banquillo y plantarse de pie en el campo.

Con el marcador favorable y un rival aturdido al perder el objetivo marcado en el vestuario, el cero-cero, el partido entró en una fase intrascendente que paradójicamente fue lo menos malo del partido. Los madrileños tocando sin mordiente pero defendiéndose con el balón mientras el Zaragoza corría detrás de la pelota encerrados en su campo sin saber que más hacer. Diez minutos después una falta sacada por Gabi es, de nuevo, penosamente defendida por el Zaragoza y Domínguez en el segundo palo aprovecha para cabezear a la red. 2-0 y partido finiquitado.

La segunda parte comenzó con la entrada de Lafita y Micael por un par de entre los miles de centrales que tenía Aguirre en el campo y el partido se igualó. Se igualó en el sopor pero se igualó. Los aragoneses se decidieron entonces a intentar jugar al fútbol por primera vez en el partido y en el camino el encuentro se transformó en un intrascendente y soporífero intercambio de incapacidad. Una grada fría y apagada en un ambiente cada vez más gélido. En el césped la nada. Un monólogo de centrocampismo infertil y terriblemente feo que se rompió mediada la segunda parte con una gran jugada por la izquierda, probablemente la mejor del partido, que provoca un pase de la muerte de Luis Filipe para Adrián que éste aprovecha y marca por segunda vez haciendo el tercero. La brecha en el marcador era tan fuerte para entonces que la defensa atlética decidió recordar los tiempos de Aguirre (que tan bien imita Manzano cuando quiere) y en su homenaje defender con absoluta negligencia un córner que permitía a Postiga a marcar el definitivo 3-1.

A partir de ahí la sesión de cánticos populares. Comenzando con el merecidísimo: "Manzano vete ya" (significativo con el marcador a favor) y acabando con el todavía más merecido: "Gil, cabrón, fuera del Calderón". Ambos iniciados desde el frente pero sólo el primero de ellos secundado mayoritariamente por el resto de la grada. Lo mismo tiene que ver el que en todos los periódicos, todas las emisoras y todas las televisiones el único debate en el Atleti es siempre el del entrenador. Nada más.Tristísima victoria la cosechada por los colchoneros esta tarde. Una victoria que probablemente únicamente sirva para prolongar la agonía.


The Rolling Stones - Sad day