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¡Un abrazo!

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Personalidad y fútbol

No me gustaba nada el nivel de presión que detectaba entre la afición colchonera antes del partido. Esa pose dramática de estar ante el encuentro de nuestras vidas. Esa querencia por dejar claro que el Atleti se jugaba poco menos que la existencia. No me gustaba nada tampoco el hedor que llegaba desde la información oficial. Hace mucho que vivo de espaldas a la realidad televisada de los medios y que mi única fuente de información es twitter pero, incluso así, me llegaba el repentino resurgir de la figura de Chicharito, genuino representante de "nuestro fútbol", como tema central a la hora de describir la previa del Bayer-Atleti. A tenor de los medios oficiales da la sensación de que el Atlético de Madrid es un equipo madrileño que juega exiliado en Madrid. 

Pero entonces encendí la televisión y vi a los jugadores dándose la mano ordenadamente en el saludo inicial. Todos los rostros colchoneros tenían una expresión similar pero me fijé especialmente en la de Gabi. Era la pura imagen de la concentración absoluta. Ni un solo atisbo de sonrisa. Mirada fija y seriedad creíble. Daba la sensación de tener muy claro en la cabeza lo que había que hacer y que todo lo demás era accesorio. Juro que en ese momento me vine arriba.

La primera parte del equipo de Simeone en Alemania es probablemente la mejor de toda la temporada. Lo hizo todo bien. Recordó a esa versión europea del Atleti contemporáneo que tantas alegrías nos ha dado. Encaró la eliminatoria juntando mucho las líneas, sacando la línea defensiva de su área, compactando la presión como hacía mucho que no hacía, siendo vertical con el balón (a base de talento y no de recursos rupestres), marcando siempre el ritmo del encuentro y aprovechando la contundencia para liquidar al rival. Puede parecer fácil pero no lo es. Basta recordar lo que ocurrió hace dos años y lo mal que se pasó entonces en ese mismo campo. Los de Simeone recurrieron a la personalidad y al fútbol y eso, si sale, es una combinación letal. 

Cualquier intento de avance alemán era abortado a bastantes metros de la frontal del área. El trabajo de los cuatro del centro (Gabi, Koke, Saúl y Carrasco) era ejemplar pero en defensa destacaba además un hipermotivado Vrsaljko que comenzó muy bien pero que acabó completando su mejor partido hasta la fecha como rojiblanco. El Atleti robaba arriba y cada salida con balón se hacía con sentido, inteligencia y sangre en la mirada. Una apertura de Gabi a la derecha provocó una de esas clásicas (y elegantes) diagonales de Saúl. Después de desprenderse con mucha clase de su rival, se plantó en la frontal del área. Podía colgar el balón o escorarse a la derecha para centrar desde allí, pero decidió resolver como hacen las estrellas. Se acomodó el balón a su zurda y lanzó una parábola perfecta que reproducía el famoso gol de Falcao en Bucarest. Golazo. 

Poco después, un fantástico Gameiro ejecutaba una de las muchas demostraciones de velocidad y fuerza que hizo a lo largo de la noche. Salió en vertical con el balón controlado para llegar algo cerrado hasta el área rival. En lugar de liarse en una guerra imposible (que es lo que hubiese hecho el Gameiro de hace unos días) tuvo la inteligencia y la paciencia de parar, mirar y esperar a Griezmann que venía completamente solo por la parte derecha del área. Gol del otro francés. La noche se tornaba maravillosa. El propio Griezmann estuvo a punto de poner el tercero antes del descanso, que hubiese sido definitivo, pero el mejor de los alemanes, su portero Leno, lo impidió. 

La segunda parte fue buena también pero más extraña. Con más desajustes, provocados seguramente por la huida hacia delante de los alemanes. El Bayer Leverkussen recortó distancias muy pronto, en una gran jugada por la derecha que culminó Bellarabi. Mala suerte porque era la primera vez que llegaban en todo el partido. El gol espoleó su ánimo y se fueron hacía arriba con más corazón que juego. Situación que aprovechó Gameiro para seguir haciendo un partidazo. En una de sus muchas actuaciones destacadas fue derribado en el área y él mismo se encargó de marcar el tercero para, de paso, asesinar los fantasmas del lanzamiento de penaltis. 

El partido estaba completamente controlado en ese momento pero Moyá (que se había mostrado seguro hasta entonces y había hecho una intervención espectacular en la primera parte) tuvo uno de esos errores que no se pueden tener en la alta competición. Despejó mal una pelota fácil de atrapar, ésta golpeó en Savic y el balón se metió en su propia portería. El 2-3 encendió a la grada y al Bayer, provocando que el Atleti pasase unos minutos de angustia. Los alemanes se fueron a la portería con todo y los de Simeone tuvieron que sufrir. Pero este Atleti sabe sufrir como nadie. Aguantaron el chaparrón con gallardía y tuvieron la inteligencia de aprovechar las salidas para matar el partido. Primero Torres, que había salido en los minutos finales, y que enganchó un cabezazo excelente que ponía el 2-4. Después Correa, que también había salido con el madrileño, y que delante de Leno volvió a toparse con el buen hacer del cancerbero alemán. 

El resultado puede parecer corto para lo que ocurrió pero es fantástico (el Bayer tiene que ganar 0-3 o 1-4 en el Calderón para pasar). Ha supuesto además un pildorazo de ilusión en la parroquia colchonera. Por el resultado, por el juego y por ver como jugadores que creíamos desahuciados, vuelven mejor que nunca no sólo para quedarse sino para ser importantes. Disfrutémoslo. Olvidemos por un momento el futuro, las cuentas, las apuestas, los fichajes, las salidas o lo puede pasar en mayo y centrémonos en lo que ocurre alrededor de nuestros pies. Toquemos el suelo. Vivamos el día a día. Partido a partido.

@enniosotanaz


(Foto sacada de www.colchonero.com)

Sorpresa

El Atlético de Madrid está otra vez en octavos de final de la Copa del Rey. Un titular así, libre de aderezo, no debería sorprender a nadie. “Estaría bueno”, me contestará incluso algún erudito de la estadística y amante de ese estilo zafio, propio del nuevo periodismo, en el que la identidad de uno se construye solamente mediante la aniquilación (o desprecio) del otro. Atendiendo a la tradición, al estado actual de los colchoneros y a la categoría en la que jugaba el rival, parece sensato pensar que efectivamente no puede suponer ninguna sorpresa el que el cuadro colchonero haya superado la eliminatoria de Copa frente al Reus Deportiu pero lo que sí ha sido sorprendente, al menos para mí, es el cómo se ha conseguido. 

Primero, y fundamentalmente, por el rival. Un modesto equipo de la segunda B que juega como los ángeles. Que asumió su eliminatoria frente al Atleti como un partido de fútbol y después (y sólo después) como una fiesta. Aplicando intensidad, respeto, ilusión y totalmente libre de complejos, se dedicó a jugar (muy bien) al fútbol. Ya sorprendió en su propio campo y lo volvió a hacer en el Calderón. Más atado en el coliseo madrileño, con menos posibilidad de construir (gracias al empeño del rival por impedirlo), los catalanes han vuelto a hacer un partido mucho más que digno. Es un placer y un honor jugar frente a equipos así: rivales en el césped y amigos en la grada. Modestos pero valientes. Respetuosos pero desacomplejados. Chapeau. Toda la suerte del mundo para el Reus Deportiu. Se lo merece. 

También pudo resultar una sorpresa (para alguno) la actitud que ha tenido el Atleti. De diez. Desde el principio se plantearon el reto como lo que era: una ronda de la Copa del Rey. Lo único que cambió respecto a cualquier partido de liga o Champions fue la alineación. Nada más. Misma intensidad, misma concentración, misma forma de encarar el partido y mismo respeto por el rival. Como colchonero me llenó de orgullo escuchar al final del partido a un jugador del Reus destacando esto mismo que acabo de contar. El Atleti dominó de principio a fin, mucho más que en Tarragona, y sólo el desacierto de Torres cara al gol impidió que el resultado fuese más allá del pírrico 1-0. Vimos buenos minutos de Gámez y cosas interesantes de Savic. Recordamos lo buen tipo (y portero solvente) que es Moyá. Comprobamos que Saúl se desenvuelve mejor por delante del stopper que haciendo él mismo de mediocentro defensivo. También pudimos intuir, más allá de ese gol de volea que hizo en semifallo, lo buen jugador que puede llegar a ser Thomas si corrige cierta anarquía táctica y esos desajustes en defensa que le hacen cometer errores. Desgraciadamente también pudimos observar el bajo estado de forma de Correa (preocupante) y de un Fernando Torres al que el dichoso gol 100 no está haciendo más que amplificar una situación que ya venía de antes. 

Pero sorpresa, y muy desagradable, fue escuchar insultos hacia uno de los estandartes del equipo rojiblanco como ha sido (y es) Fernando Torres. No paso por ser un defensor a ultranza de su figura y mucho menos de su juego actual (basta darse una vuelta por esta bendita bitácora para comprobarlo) pero tendemos a un tipo de sociedad tan simplificada, mediocre e ignorante que cada vez parece más difícil distinguir entre crítica y falta de respeto. Sé que es sólo una posición minoritaria dentro de la grada colchonera (una buena parte del campo se puso a animar a Torres justo después de su fallo más evidente) pero resulta lo suficientemente nutrida como para hacer ruido. Y no lo entiendo. Entiendo la decepción por sus fallos, el malestar por su estado de forma, el miedo a que no logre recuperar el tono o las preferencias por otros jugadores. Todo eso es fútbol. Yo mismo puedo estar de acuerdo pero de ahí a insultar a un jugador del Atleti creo que media un abismo. Es un acto repugnante en sí mismo pero mucho más cuando va dirigido a un jugador de tu propio equipo y del todo incomprensible cuando se lanza contra un tipo que lo único que ha hecho toda su vida es declararse colchonero, en las buenas y en las malas, a todo el que lo quisiera (y no quisiera) escucharlo. 

Desgraciadamente la grada colchonera no deja de darme sorpresas de este tipo en los últimos tiempos. No me gusta esta deriva caprichosa, superficial y cutre. La afición del Atleti no es así. O al menos no debería serlo. 

@enniosotanaz

Conclusiones tras el Madrigal

Ganadores. Los más jóvenes del lugar, o los que se han destrozado el cerebro a base de periodismo deportivo caducado, no lo recordarán pero hubo un tiempo en el que el objetivo del Atleti no era quedar tercero en la liga o ganar la Champions sino “hacer un buen papel”. ¿Lo recuerdan? Lo decían jugadores, entrenador y presidente. El Atleti parecía ser un pobre verso libre cuyo desempeño en el césped no se correspondía (ni por lo visto tenía por que corresponderse) con lo que apuntaba su presupuesto y su historia. Una parte de la afición colchonera (con el apoyo cómplice de los medios de comunicación, claro) llegó a celebrar una cuarta posición, conseguida in extremis tras una temporada de asco, como un verdadero título. ¿Recuerdan? Otra parte de esa misma afición llegó incluso a ilusionarse con la segunda llegada del ínclito Gregorio Manzano, agarrándose con ardor a esa campaña de los medios (siempre en su sitio) que vendía la experiencia anterior como "fantástica" dado que sólo el gol average de la última jornada nos había dejado fuera de Europa. ¿Recuerdan? La fragilidad cerebral del aficionado al fútbol nunca ha sido prodigiosa pero parece menguar según pasan los años. Gracias a Dios todo esto ha cambiado. Para bien. El Atleti que saltó ayer al Madrigal, independientemente de su forma física, estado anímico, capacidad de juego, carencia de gol, desequilibrios tácticos, falta de verticalidad y lo que ustedes quieran, lo hizo para ganar. Sin peros. Ni buena imagen, ni un puntito, ni historias. A ganar. Como sea. Eso, señoras y señores, es lo más importante. Al menos lo es para mí, que tuve que sufrir con dolor y diarrea, esas épocas “gloriosas” en las que “todo el mundo” aceptaba que mi equipo fuese una simpática comparsa. Los mismos periodistas que nos animaban entonces a celebrar una cuarta plaza son los que ahora nos exigen ganar la liga y la Champions, catalogando de sonoro fracaso no hacerlo. Ustedes verán lo que hacen y lo que quieren pensar pero basta poner los datos sobre la mesa y abrir un poco el objetivo para darse cuenta de lo obvio. 

Cansancio. Noto al equipo cansado. Pero más por una cuestión anímica que por algo físico que, sinceramente, no veo. Es como ese tipo educado que está en una fiesta que ya no le interesa para nada pero que, estando muerto de sueño y con unas ganas terribles de irse a su casa, es capaz todavía de mantener dignamente una conversación coherente. La temporada ha sido larga (tres competiciones peleando hasta el final) y dura (8 partidos contra el Madrid, 4 contra el Barça, Supercopa, Copa, Champions,…). Jugadores y cuerpo técnico han tenido que soportar también una inusitada y desproporcionada presión adicional, externa e interna, que en algún momento deberíamos analizar para intentar no autodestruirnos. Encima, tampoco han tenido demasiada suerte en momentos puntuales. Todo eso se tiene que notar y es normal que aparezca ahora que los objetivos golosos se han disipado. Todo cuesta más. Frente al Villarreal el equipo hizo un gran esfuerzo por mantener la concentración, la pasión y su característica intensidad pero la gasolina se está agotando. Los partidos que vienen van a ser terribles en este sentido y probablemente el efecto será cada vez más evidente. Me asusta pero confío en el equipo. 

Portería y Delantera. Durante muchas fases de la temporada había llegado a estar convencido de que la gran diferencia de este equipo con el del año pasado estaba en la portería. Creo que me equivocaba. Una inoportuna lesión a principio de temporada y una mala tarde en El Pireo condicionaron el futuro de la meta colchonera, pero a estas alturas de película da la sensación de que la portería está en buenas manos. Los últimos partidos de Oblak han creado suficiente certeza como para pensar que será (es) un portero más que solvente y que tenemos motivos para soñar con que se ha solucionado un problema que parecía irresoluble. El despunte de Oblak da todavía más valor a la temporada de un Moyá cuya titularidad es más valiosa sabiendo a quién tenía detrás. Al final, el verdadero problema estaba arriba. El Atleti 2014/2015 no tiene pegada, es obvio, y fundamentalmente no la tiene porque tampoco tiene delantero centro. Nuestro máximo goleador es un segundo punta francés en estado de gracia porque no tenemos un 9 a la altura de las exigencias. Quedan 4 partidos así que yo creo que ya lo podemos decir. Mandzukic no ha estado a la altura en ningún momento (llegó sólo a estar a punto) e intuyo que ya no lo va a estar. No sé si es una cuestión de calidad personal, de tipo de juego, de estado de forma o de adaptación al sistema pero en el fondo me da igual. No funciona. Es lo que hay. Que Raúl Jiménez formase parte de esta plantilla debería entrar en la categoría de milagro o de Expediente X. No merece mayor desarrollo. Y luego está Torres, un jugador al que es muy difícil juzgar sin la enorme carga emocional que tiene para la mayoría de colchoneros. Para mí sigue sin estar bien (está mal de hecho). Es cierto que no se le puede poner un pero a su compromiso y entrega pero creo que tampoco se le puede poner a Mandzukic o a Raúl Jiménez. Dicho esto, creo que ahora mismo debe ser el titular. Es cierto que le falta desborde y que ha fallado muchos goles pero también ha demostrado que puede meterlos (el de ayer es prodigioso y además se lo fabrica él solo). Como mínimo ha generado ocasiones de gol, cosa que no se puede decir de un croata que no remata a puerta desde que el futuro Balón de Oro, Chicharito, jugaba en el Guadalajara. 

Juego. El juego del Atleti es malo. Poco brillante y carente de ideas. No creo que sea una cuestión de colocar la defensa más arriba o más abajo sino de falta de grasa. De ausencia de frescura y seguramente de escasez de talento. El lateral izquierdo es un problema, por mucho que la actuación de Gámez sea más que digna y de un mérito tremendo. Es una limitación a la hora de atacar al rival en un equipo ya de por si limitado. La lentitud de ideas en los mediocentos es un problema generacional del que ya hemos hablado pero es que además (sobre todo) Arda y Koke están muy lejos de su mejor versión. Sin ellos, el Atleti pasa a ser un equipo demasiado parecido a sus rivales y todo cuesta el doble. Aun así me gustaría destacar que el Atleti jugó contra el Villarreal en campo contrario y tuvo el balón tanto como su rival (en la primera parte bastante más, incluso). Eso no significa nada (lo sabemos bien), pero lo digo por todos esos “analistas” que solo ven al equipo cuando juega contra el Real Madrid o el Barça y asumen que esa es la forma habitual de jugar. No, queridos. Levanten la vista del ombligo y descubrirán ahí fuera un mundo nuevo y fascinante. 

Quedan 4 partidos. 4 finales. Dejemos a los jugadores jugarlas en paz y juguémoslas nosotros fuera como ellos. Con orgullo, con dignidad, partido a partido y olvidándonos de los cantos de sirena del ejército de la caspa que intentará acelerar la realidad y tratará de poner los focos (y el veneno) en su propia miseria y en ese partido de la penúltima jornada que pretenden jugar sin tener que hacerlo. No seamos tan mediocres de caer en el engaño.

Por alguna razón

Todos hemos asistido a cenas en las que, con las mismas personas, unas veces son fantásticas y otras un suplicio. Todos hemos ido de vacaciones con amigos del alma que, a la hora de convivir, han resultado ser un inesperado drama. Todos hemos tenido esa sensación de que en un momento dado cierta combinación de personas, por alguna razón, no está funcionando. Abducidos por los chistes y los exabruptos de los gurús del micrófono o las soflamas individualistas de los petulantes de la pluma, estamos empezando a olvidar algo esencial: el fútbol es, sobre todo, un deporte de equipo. Y un equipo no es coleccionar figuras de cera que se colocan en un lugar preciso del tablero sino conseguir que las conexiones entre esas figuras transciendan más allá de las individualidades respectivas. No es tan fácil. Mientras que a veces dos estrellas son capaces de anularse mutuamente, otras veces vemos como dos tipos normales acaban formando un gran conjunto. De esa forma, gracias a Dios, en los deportes de equipo no siempre gana el que corre más, el más fuerte o el que la pega más rápido. 

El Atleti ha empatado en el Calderón frente al Valencia un partido que era clave no solo para fijar los ánimos en la parte alta de la tabla sino para acabar con una dinámica de malos partidos y malas sensaciones con la que desgraciadamente tendremos que seguir lidiando. Personalmente no vi mal al equipo ni tácticamente (creo que gana el Atleti a los puntos), ni en intensidad (volvimos a ver retazos de la mejor versión de Gabi o de esa presión poderosa de antaño), ni tampoco en contundencia defensiva (el rival llegó una vez). Sí eché de menos algo más de fútbol, pero eso ni es nuevo ni es exclusivo de esta temporada. Reduciendo mucho las cosas, el Atleti empata el partido porque en la portería tiene un portero que comete uno de esos errores que no se puede permitir un equipo que pelea por títulos. Moyá es un tipo encantador al que me encantaría que todo le saliese bien en mi equipo (porque además creo sinceramente que se lo merece) pero no me parece un portero que marque diferencias. Especialmente inseguro en las salidas y los balones por alto, el error que ocasiona el empate del equipo Che es grave por sí mismo  pero mucho más pensando en el futuro. Es ese tipo de errores que provoca el pánico entre los compañeros y que genera falta de confianza en la defensa. Lo he dicho muchas veces antes de hoy, la gente que me conoce lo sabe, para mí la principal diferencia entre los equipos del año pasado y el de este está en la portería. El resto puede corregirse con imaginación o táctica. Esto no. 

Pero no quiero quedarme en eso. Podemos buscar el diagnóstico del Atleti actual enfocando la vista en jugadores que no están, en otros que están pero como si no, en desequilibrios de gestión de plantilla o en errores de bulto (que de todo eso hay) pero no estaré siendo honesto. Para mí el quid de la cuestión está flotando más arriba. Cada uno tendrá su explicación lícita y concreta pero yo prefiero analizarlo desde la perspectiva de las sensaciones. Cuando el año pasado nos parapetábamos en el área para defender un resultado (lo hicimos muchas veces aunque ahora existan indignados de nuevo cuño que parecen haberlo olvidado) personalmente, por alguna razón, tenía la sensación de que nadie nos podía meter un gol. Ayer tuve la sensación contraria. Cuando el año pasado nos empataban a falta de quince minutos, por alguna razón, yo tenía la sensación de que remontábamos el partido. Ayer tuve precisamente la sensación contraria. De hecho estoy convencido de que si el Valencia, que resultó decepcionante en lo que respecta a la ambición, hubiese ido entonces a por el partido lo hubiese ganado. Podemos hablar de jugadores o de tácticas, sí, pero creo que hay algo más. El Atleti ha perdido el duende. Esa mirada en los jugadores que transmitía a la grada la sensación de que todo era posible. Ese balón que entraba por la escuadra y ahora pega en el larguero. Ese convencimiento de que el próximo córner era gol seguro y ahora temes para que no te hagan un contrataque. La absoluta certeza de que aun pasándolo mal en el área por el acoso del rival, el partido se iba a ganar (y se ganaba) mientras que ahora crees que en cualquier momento te van a hacer gol (y te lo hacen). Es probablemente injusto que ocurra pero es así. Ayer Simeone alentaba a la grada, más de lo normal, en el momento más crítico del partido que es precisamente cuando nunca ha hecho falta que a la grada colchonera le dijeran lo que tiene que hacer. Ayer fue diferente. La grada estuvo fría desde el principio a pesar de llenar el estadio. Dato más significativo y preocupante de lo que parece y que tampoco habla muy bien de los que estamos allí sentados. Por alguna razón el equipo no estaba transmitiendo, eso lo notábamos todos, pero si nos decimos una afición diferente es por tener la capacidad de llevar la iniciativa en estas circunstancias. Quizá es que nos hemos emobrrachado de éxito, no lo estamos sabiendo digerir y todo esté empezando estar demasiado desquiciado.

Creo totalmente en Simeone y estoy convencido de que todo esto no es más que un episodio pasajero del que saldremos, pero tenemos que ser consciente de donde y como estamos. También de quienes somos. No creo que debamos agarrarnos a fuego a los datos positivos (el objetivo es ser terceros, estamos todavía por arriba, bla, bla,…) ni abrirnos en canal las carnes añorando tiempos mejores (Courtois era mejor, Siqueira no vale, lo de Mandzukic no lo veo, bla, bla, bla,...). Tampoco nos hace ningún bien parapetarnos en debates retóricos sobre los objetivos reales del Atleti o los fichajes del año que viene. El Atleti es mucho más importante que eso y nos necesita en estado puro. Tenemos un problema de confianza que hay que solucionar y ese será el principio de lo que venga después. Hasta entonces, olvidémonos del resto.

Analistas a posteriori

Valencia 3 - At. Madrid 1

El aficionado al fútbol es muchas veces ese animal que sabe exactamente lo que iba a pasar justo en el preciso momento en el que ya ha pasado. Con irascible vehemencia suele además repartir los carteles de “malísimo” o “buenísimo”, indistintamente, con la misma alegría y rigor con la que va al retrete. Siempre a posteriori, claro. Siempre desde el lugar seguro del que nunca se equivoca porque ya conoce el final. Supongo que es así desde que el mundo es mundo pero no deja de resultarme incómodo e irritante. Es fácil de entender que a todo el mundo le molesta perder, mucho más si se está acostumbrado a ganar, pero la cosa torna en cierta psicosis estúpida a la hora de buscar las causas y los culpables. Los jugadores no puedes ser cielo o infierno en función de una acción puntual. Comparar siempre con el mejor es injusto porque todos los que no son el mejor son evidentemente peores. Es incluso mucho más injusto catalogar de “inútil” a todo aquel que no hace lo mismo que hace el mejor. Decía François de La Rochefoucauld que los espíritus mediocres suelen condenar aquello que está fuera de su alcance y creo que no andaba desencaminado. El Atlético de Madrid ha perdido hoy en el estadio de Mestalla en un partido tremendamente raro y completamente inusual para lo que ha venido siendo la dinámica del equipo de Simeone. Un partido del que deberíamos ser todos muy cuidadosos a la hora de sacar conclusiones dado que se han sucedido una serie de patrones extraños, que dudo se vuelvan a repetirse en lo que queda de liga. 

Empezaba el partido con un Valencia desatado. Aupado por su público y por ese excelente inicio de campaña que está realizando. Un estadio lleno, que lubricaba el derroche de intensidad que sus jugadores mostraban en el campo, igualando y superando al de los colchoneros que ya es decir bastante. No hubo demasiado fútbol en esos primeros 5 minutos hasta que un balón colgado al área sin aparente peligro es cabeceado en propia puerta por Miranda, un tipo que apenas comete errores. Raro. Mañana probablemente leerán en los periódicos sobre el error del brasileño pero para mí el error es de Moyá. El portero va de cara y a por el balón. Tiene que ser suya siempre. Por las buenas (llegando antes) o por la malas (gritando para que se quite su defensa).

El tempranero gol dejó noqueado al Atleti y espoleó a un Valencia que se vino arriba. Con intensidad, anticipación y fuerza, volvieron a hacerse con el balón un minuto después para que una buena jugada de André Gomes por la izquierda colocara el 2-0 en el marcador. Mañana leerán en los periódicos el gran gol del portugués pero para mí, de nuevo, es un error de Moyá que no cierra el primer palo en un tiro muy escorado. Con los mismos elementos que antes, aturdimiento en un lado, euforia en el otro, cinco minutos más tarde un córner cerrado sacado desde la derecha del ataque levantino es rematado en el área pequeña por el argentino Otamendi. No sé lo que leerán mañana en el periódico pero un remate desde el área pequeña tras un balón colgado es siempre error de portero por no salir. Moyá ha hecho un buen inicio de campeonato pero es cierto que apenas ha recibido jugadas en contra. Los errores de hoy pueden ser puntuales pero llevo semanas inquieto por las muestras de inseguridad que aparecen en el portero, especialmente en las salidas. Me preocupa. Mucho.

Con 3-0 en el marcador en apenas 15 minutos y el equipo local en estado de ebullición, el partido olía a goleada histórica pero no fue así y quizá ahí deberíamos ver uno de los pocos puntos positivos de la tarde para el cuadro rojiblanco. A base de balón y orgullo el equipo se quitó la presión y los nervios marchándose a por el partido. Detalle de equipo campeón que, en los peores momentos desde hace muchos años, levantó la cabeza y tiró de carácter para intentar dar la vuelta a algo que parecía imposible. Demostraron al menos que no tenía porque serlo. No había llegado la media hora de encuentro cuando un lanzamiento largo de Tiago fue rechazado por el portero che y recogido por Mandzukic para recortar distancias de cabeza. 3-1 y 60 minutos por delante. Para entonces ya habíamos podido ver que el Atleti era dueño y señor del esférico y también que Gámez, debutante con el Atleti en liga, estaba bien adaptado a su banda derecha y no estaba haciendo un mal partido. Otra de las notas positivas. El gol hizo que el público bajase el pistón y los jugadores valencianistas empezasen a tener demasiadas precauciones. Ya vieron el peligro acechar cuando el colegiado no vio unas manos claras de Barragán en el área pero terminaron de confirmarlo cuando sí vio las de Gayá, en el mismo sitio, cumpliéndose ya el minuto 45. 

Llegar a la segunda parte con 3-2 era comenzar otro partido con la ventaja además del que viene empujando desde atrás. Era por tanto un momento clave. Un penalti de los importantes. Un penalti para valientes. Mandzukic, jugador designado, fue a por el balón pero Siqueira se adelantó con confianza y se erigió para tirarlo. El brasileño, en contra de lo que mucho analista a posteriori cree, es un consumado especialista en esta suerte que, como Simeone recordó después en rueda de prensa, sólo había fallado un penalti antes en su toda su carrera (con la camiseta del Atleti, eso sí). A priori no parecía una decisión descabellada pero a posteriori resultó letal. Siqueira, probablemente superado por las circunstancias, tiró la pena máxima de forma horrible, como lo hubiese lanzado una criatura asustada, dejando el mismo resultado en el marcador e insuflando al equipo contrario con la moral y fuerza que no hubiesen existido de haber acertado. 

La segunda parte no existió. Con el Valencia reforzado anímica y físicamente tras los cambios, con el acierto de la repugnante campaña mediática del tal Nuno (otro iluminado que viene a sumarse a la lista de entrenadores iluminados que juegan los partidos fuera del campo) que ha conseguido que el Valencia hiciese el doble de faltas que el Atleti sin recibir tarjetas hasta que ya había hecho 16 de ellas (repugnante), con el Atleti roto físicamente tras el partido de hace unas horas, como quién dice, frente a la Juventus y el desgaste de tener que haberse enfrentado ya a todos los equipos de la parte alta de la tabla (a excepción del Barça), fue imposible que ocurriera nada.


Dura derrota del Atleti frente a un buen Valencia que se consolida como alternativa y que además tiene como consecuencia un resultado muy negativo en el entorno. No es mi caso dado que el partido no me deja demasiadas lecturas negativas ni me incita a cortarme ya las venas. Necesito más de Griezmann, sí. Quiero ver más balones al área a Mandzukic  y me gustaría que lo de Cerci fuese simplemente causado porque el estado de forma del italiano no es todavía el óptimo, pero lo único que me preocupa realmente a día de hoy es la portería. No me siento seguro e intuyo que nuestra fabulosa defensa tampoco. Ahora viene un pequeño (y coñazo) parón para encontrarnos después con un calendario bastante menos exigente. Tengo fe en el futuro pero... partido a partido.  

Miedo.

Real Madrid 1 - At. Madrid 2

Debían llevarse menos de diez minutos disputados del enésimo derbi que Madrid y Atleti tienen que disputar en Concha Espina a primeras de cambio. Era una jugada sin importancia que ni siquiera recuerdo especialmente. Un ataque madridista que tras algún choque entre jugadores había terminado en nada. Mientras Moyá preparaba la pelota para sacar de puerta, el realizador de televisión ponía su cámara en Godin que hablaba con un Cristiano Ronaldo que le estaba recriminaba algo. En ese momento, como un flash repentino, me acordé de tantos otros partidos similares, hace años, en los que también las cámaras enseñaban las caras de los jugadores en situación similar. Eran otras caras. Las de unos y las de otros. Moyá seguía sin sacar el balón cuando también se me ha pasado por la cabeza aquella frase de Nelson Mandela en la que decía que el valiente no es el que no tiene miedo sino el que es capaz de conquistarlo. Eso es exactamente lo que ha conseguido hacer el Atlético de Madrid de Simeone. Conquistar su miedo hasta dominarlo. La cara de los jugadores del Atleti cuando hace cinco años jugaban un derbi eran la del miedo. La cara del que se siente inferior. Del que asume la derrota a priori. Hoy las cosas son diferentes. Hoy Godin le habla a Cristiano de igual a igual. Sin subirse a ningún pedestal, con los pies en el suelo, pero mirando a la cara. A los ojos. Sabiéndose ganador sin haber ganado todavía. Hoy la cara de Godin es la de Raúl García que es la de su entrenador y que es la mía. Es la cara de alguien que se siente confiado y orgulloso de ser lo que es. Es evidente que además enfrente también lo notan. Las caras de los rivales tampoco son las de antes. Ahora se percibe preocupación. Precaución. Miedo. Pocos segundos después el Atleti marcaba el o-1 y los rasgos se acentuaban todavía más.

El Atlético de Madrid ha vuelto a ganar en el Bernabéu y lo ha vuelto a hacer fiel a su estilo, su espíritu y su línea de trabajo. Con un esfuerzo absolutamente generoso, agarrándose al detalle con la misma fuerza que se agarra a lo obvio y ciñéndose como lapas al plan trazado por un entrenador al que nunca podremos agradecerle suficiente lo que ha conseguido hacer con este equipo. 

El partido comenzó como suelen comenzar los últimos derbis madrileños, con un Madrid dominando el balón sin hacer nada con él y un Atleti perfectamente plantado en el campo para no dejar jugar. Quince metros fuera del área, con Raúl García y Koke ayudando en los laterales y los dos mediocentros atentos a los cruces. No pasaba nada. El partido no tenía ritmo y el Atleti estaba cómodo en el campo. Con ese líquido amniótico en el ambiente apareció un córner a favor colchonero que puso el miedo en el ambiente, en la grada y en los jugadores blancos. Prueba evidente de como han cambiado las cosas. Pero tenían razón. Koke golpeó el balón como los ángeles para mandarlo al mismo sitio donde lo ha mandado un millón de veces antes. En esta ocasión sin embargo, para desgracia del respetable, Miranda dejaba pasar el balón in extremis para que Tiago, que estaba detrás liberado de su marca, rematara fácilmente a puerta. 0-1. El plan seguía su rumbo.

El partido no cambió demasiado tras el gol. Esa extraña afición, que es la afición merengue, siguió en ese sepulcral silencio que con tanto ardor practican y sólo aumentaban el nivel de decibelios para pitar a su propio capitán, un tipo que les ha dado docenas de títulos, que es madridista hasta las cachas y que nunca ha dicho una palabra torcida de su club. Incomprensible, pero sus razones tendrán. El Atleti seguía con su plan pero fallaba algo. Simeone había sorprendido a propios y extraños colocando a Raúl Jiménez como segundo delantero, pero la decisión puede incluso sonar a frivolidad visto lo que el mejicano ha aportado. Nada. Incapaz de llevarse un balón por alto, incapaz de retenerlo, incapaz de combinar con Mandzukic e incapaz de conectar con el centro del campo. Su mala actuación hacía que el Atleti no existiese en ataque. Para mí, acabado el partido, sigue siendo una decisión incomprensible.  

El Madrid seguía siendo inofensivo pero es un equipo letal con espacios y cada vez que el Atleti tenía algún error en la salida (Gabi no ha estado bien) o no era capaz de acabar la jugada, llegaba con mucho peligro. En una de esas ocasiones Cristiano recogió el balón con Koke y Tiago fuera de sitio con lo que, por primera vez, pudo encarar en solitario a Siqueira. Lo hizo. Penalty claro. El propio portugués se encargó de marcarlo. A partir de ese momento el Atleti se descompuso y el Madrid realizó sus mejores minutos. Llegando antes al balón dividido, distribuyendo con criterio, jugando y llegando. Pero desgraciadamente para sus aspiraciones se topó con un Moyá bastante más serio y solvente de lo que muchos, entre los que me incluyo, pensábamos. Gran partido del portero que se asienta de forma muy sólida en la portería, lugar del que va a ser muy difícil que lo quiten. El árbitro pitaba el final de la primera parte con 1-1 en el marcador. 

La segunda parte fue otra cosa. Otra gran obra maestra del Cholo Simeone. Nada más volver de la caseta las cosas volvieron a su cauce, con un Atleti otra vez plantado como una roca y un Real Madrid totalmente desarmado. Pero el Atleti, en contra de lo que mucho enterado suele pregonar, es un equipo que quiere ganar en todos los campos y sabía que para ello había que modificar algo. 

El esquema cambió de forma radical con la entrada al campo de Griezmann y sobre todo del gran Arda Turan. El turco es uno de esos jugadores que cambian la cara, el espíritu y el color de un equipo con su sola presencia. Un jugador diferente, genuino y genial que tenemos la suerte de tenerlo vestido de colchonero. Arda dio pausa, salida, fútbol y picardía. También dio el segundo gol a los colchoneros. Un buen pase de Griezmann a Juanfran tras saque de banda, que el lateral metió al área con criterio y que Raúl García, con un gesto técnico soberbio, dejo pasar bajo las piernas para que el gran Turan metiese el balón en el poste derecho de Casillas. La celebración del gol define a este nuevo Atleti. Sin inmutarse. Sin histrionismo. Con rabia contenida. Con respeto. Dando un golpe de autoridad y orgulloso. No hubo más partido. El Atleti cerró todos los poros ante un Madrid incapaz de jugar y que lejos de recortar el marcador a punto estuvo de recibir el tercero después de un balón largo de Moyá que Griezmann no acertó a marcar en boca de gol.


El Atleti sigue siendo el Atleti. En construcción, con la incertidumbre de incrustar las nuevas caras en el esquema y expectante ante las multiples combinaciones que ahora son posibles en la parte de arriba del equipo, pero sigue siendo el Atleti. Ese equipo que muere en cada partido y que siempre mira a los ojos. Ese equipo que ya podemos decir, sin temor a equivocarnos, que ha conquistado su miedo.

Tiempo muerto

At. Madrid 2 - SD Eibar 1

Estoy seguro de que los grandes cerebros que regulan el mundo del fútbol tendrán una razón para ello pero a este humilde aficionado le cuesta entender por qué el periodo de fichajes sigue abierto cuando las competiciones ya están en juego. Habrá, no lo dudo, mentes pragmáticas mucho más evolucionadas que la mía que explicarán con precisión geométrica como dicho dato debería ser irrelevante en un mundo construido con profesionales pero sinceramente, creo que no lo es. Resulta inquietante saber que, jugándose la segunda jornada de liga, cualquiera de los jugadores sobre el campo podrían mañana estar en el equipo de enfrente. Que un pie mal metido o una patada mal dada en ese preciso momento podría dar al traste con una operación que condicionará su futuro. Sí, no debería ser importante, pero el runrún del Vicente Calderón cuando la pelota echó a rodar no sonaba a fútbol ni a ilusión sino a nombres que se iban y venían, a cosas que se debería hacer y a cosas que se deberían haber hecho. Probablemente eso no debería explicar por si mismo lo que ocurrió después en el césped pero tampoco creo que sean hechos independientes. El Atleti comenzó el partido con la misma sensación de provisionalidad con la que lo terminó. Con la idea de fondo de que es una plantilla en construcción a la que le falta mucho trabajo para que vuelva a ser el equipo bien engrasado y competitivo que fue la temporada pasada. Para que vuelva a ser un equipo. Por mucho que los vendedores de crecepelo nos quieran hacer creer otra cosa, el Atleti del Cholo ha sufrido tres amputaciones críticas que nos han hecho temblar (Courtois, Filipe Luis y sobre todo Diego Costa). El tiempo dirá si los repuestos son mejores o peores pero de momento yo tengo claras dos cosas: que hay que construir el equipo otra vez y que cuando esto ocurra será distinto a lo que estábamos acostumbrados a ver. El Atlético de Madrid de Simeone ni está probablemente completo en sus activos (veremos) ni es todavía un equipo. Esto probablemente no anticipa nada de lo que pueda ser el futuro pero es lo que es y mentiría si dijese que me parece ilusionante.

El partido contra la SD Eibar fue atroz. Horrible. Malo de solemnidad. Una medicina caducada para intentar insuflar algo ilusión a la incomprensiblemente desanimada afición colchonera. Comenzó sin ritmo y sin intensidad. Plano. Vacío. A ello contribuyó el equipo rival, un modesto Eibar que lógicamente hizo lo posible para frenar el tradicional ardor de los colchoneros, pero que tampoco necesito demasiado empeño dada la actitud de unos madrileños que no parecían estar por la labor de hacer el partido de su vida. Sin velocidad, sin balón, sin presión, sin fuerza y lo más dramático de todo: sin intensidad. Era desesperante ver por ejemplo al nuevo cancerbero, Moyà, peinándose e interpretando pasajes del Tartufo de Moliere cada vez que tenía que sacar de fondo. Lleva dos partidos, lo sé, pero no me gusta ese postureo en el campo del nuevo portero colchonero. La SD Eibar tampoco jugaban nada pero al menos cerrraba los pasillos de seguridad del rival. Solamente Griezmann, el jugador que ahora mismo más me ilusiona, era capaz de aparecer entre líneas, tocar el balón y hacer algo parecido al fútbol. Todo cambió en pocos minutos gracias a dos acciones a balón parado marca de la casa y que el equipo gipuzcoano defendió con una candidez propia de un recién llegado a primera división. En la primera, Miranda remataba en el primer palo un pase desde la derecha (¿les suena de algo?). En la segunda era Mandzukic el que remataba un balón colgado, esta vez desde el lado contrario.

Con 2-0 en el marcador el partido parecía fácil y tranquilo para el vigente campeón pero no ocurrió así. El balón siguió rodando sin criterio, la intensidad se evaporó definitivamente y la parsimonia de Moyá tomaba ya demasiado protagonismo. En ese contexto apareció la mejor jugada del partido. Excelente combinación del equipo armero (ante la pasividad defensiva de los colchoneros) que acababa con un gran tiro de Abraham desde la frontal del área que se colaba por la escuadra. Rondaba la media hora de partido pero ahí se acababa un Atleti que, a excepción de un tiro de Raúl García desde la frontal del área todavía en la primera parte, no volvió a hilar una jugada.

La segunda parte fue una pesadilla. Con un Atleti inexistente en la construcción, perdido en la presión y con desajustes defensivos impropios de un equipo de Simeone, el Eibar no tuvo más remedio que hacerse con los mandos y merecerse un empate que de haber ocurrido no hubiese sorprendido a nadie. Los rojiblancos hacían sobre todo aguas en el centro del campo. Con un Koke en baja forma (lo mismo vamos a pagar caro lo de Brasil), Gabi desesperado pidiendo intensidad y perdiendo el sitio al tener que ir a tapar los errores de sus compañeros y Raúl García/Griezmann sin conectar con la delantera, sobresalía en negativo un Mario Suarez que cada vez genera más dudas. Comenzó bien el mediocentro pero acabó mal. Muy mal. Perdido, mal en defensa y peor en ataque. Incapaz de conectar con los de atrás ni con los de arriba. Mal colocado, llegando tarde y generando dudas en su entorno. Lo llevo diciendo desde hace años: el Atleti necesita un mediocentro. Si Koke y Saúl no le valen a Simeone para jugar ahí tendrá que venir otro, pero es muy necesario. Tiago no tiene gasolina y Mario no está para ser titular. Los incomprensibles cambios de Simeone tampoco ayudaron demasiado. Quitar a Griezmann era quitar el poco fútbol que quedaba. Quitar a Mandzukic era quitar la posibilidad de otro gol. La SD Eibar no fue capaz de empatar el partido pero al menos tuvo dos oportunidades de hacerlo gracias a los desajustes defensivos y las malas salidas de Moyà (que sin embargo sacó un gran balón tras falta directa). El partido terminó con la grada pidiendo la hora y la sensación de que un puñado de nubes negras se colocaban en el firmamento colchonero.

Como escribía ayer en twitter, prefiero tener paciencia y ser paciente antes de abrirme las venas en canal. No creo que tenga sentido ahora mismo hacernos el Hara-kiri. Veo un pesimismo exacerbante a mi alrededor que sinceramente me parece injusto y que no se corresponde con las alegría que este equipo nos acaba de dar como quien dice. El Atleti tiene quince días que cerrar la plantilla, centrarse, trabajar y saber si somos piel o pluma. Puñal o florete. Tomemos este tiempo como un agradecido tiempo muerto.