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¡Un abrazo!

Más Platón y menos alfalfa (Zaragoza - At. Madrid)

Decía Baudelaire que el más irreprochable de los vicios es hacer el mal por pura necedad. Javier Aguirre ha demostrado ya reiteradamente en el Atlético de Madrid que como entrenador de fútbol es sumamente malo. Malo de solemnidad. Penoso. Tan malo que ha transformado su natural soberbia y prepotencia en necedad y con esa necedad capciosa y demagógica está haciendo también mucho mal. Soy aficionado del atlético de Madrid desde que con horas de vida mi abuelo me hizo socio de este equipo. No creo que sea por tanto dudoso de infidelidad después de más de 30 años de vicisitudes. Por eso, si la única posibilidad para que Aguirre se marche bien lejos a hacer daño en otro sitio es que no quedemos entre los seis primeros (habría que decapitar a quien pusiese un objetivo tan lamentable, por cierto) rezaré para que a partir de ahora perdamos los partidos suficientes como para quedar séptimos. A veces hay que perder para ganar así que haciendo de tripas corazón agradeceré nuestras derrotas. Ni quiero seguir viviendo este esperpento, ni quiero seguir haciendo el ridículo y mucho menos lo quiero hacer en Europa.

Y el caso es que el partido empezó bien. Con poco más que ganas, presión, algo de velocidad, evitar pasar el balón a Cléber y una pizca del talento que (a pesar de nuestro entrenador) atesora nuestro equipo, se hizo una buena primera media hora en la que teníamos el partido. Sin mucho más, el Zaragoza parecía un equipo nervioso que está peleando por el descenso (lo que es) y el atlético un equipo que debería estar más arriba (lo que no es gracias al vértigo crónico de su entrenador). Todo iba bien hasta que se dieron tres detalles que lo cambiaron todo. Uno: se lesiona Valera y Aguirre, haciendo gala una vez más de su estulticia superlativa, cambia a Antonio López, zurdo cerrado, de banda para dar salida a un mal jugador en peor forma. Otra vez. Dos: ese jugador de efímero y babeante pasado madridista, que insultó a nuestro equipo y a su afición con la misma cara de pan duro con la que sale al campo, volvió a demostrar por enésima vez esta temporada su falta de concentración y natural torpeza metiendo gol en su propia portería. Tres: lo peor. Tras el empate pero una primera parte decente Aguirre tiene que aportar su toque “de la casa”. Aparte de enquistar a los jugadores en su posición y dar protagonismo a ese sucedáneo de jugador de fútbol llamado Cléber, consultando el código de su galopante mediocridad que dice que un empate fuera "no está mal" hizo lo que hace siempre, independientemente de que siempre le da mal resultado, que es dar seis pasos hacia atrás y colocar a nueve futbolistas en el borde del área. Tener a Forlán, Maxí o Simao permanentemente achicando balones en su propia área teniendo que recorrer 100 metros en solitario para tirar un contraataque debería estar penado en el código civil.

La segunda parte, paradójicamente hasta el segundo gol rival, fue un monólogo gratuito del Zaragoza donde ellos eran dueño de todos y nosotros volvíamos a agarrar con fuerza la bandera de la mediocridad, el miedo y la estupidez. Por supuesto llegó el segundo gol. El como es anecdótico. Hubiera llegado de cualquier otra manera.

Aun así podríamos haber ganado si Forlán o Agüero hubiesen estado ligeramente más acertados pero si se hubiese dado el caso, como tantas otras veces, simplemente hubiese sido la confirmación de los magníficos jugadores tan lamentablemente entrenados que tenemos.

Mención especial tiene ese tipejo vestido de negro que se levanta un suculento sobresueldo por vibrar sus lorzas por el césped mientras toca el pito a destiempo y hace una perfecta demostración, ¡en tan solo 90 minutos!, de vergonzosa parcialidad, incapacidad para aplicar el reglamento, apología de la violencia y soberbia estupidez. Independientemente de los miles de errores que ha tenido a lo largo del partido dejar indemne la patada que recibe Agüero es como para que pruebe los efectos de un puntapié similar en su aparato testicular cada vez que se vista de corto. Podría irse de la mano con Aguirre a buscarse un futuro como estibador en la isla de Martinica aunque lo siento por los pobre Martinicos que tendrían que soportar a dos tipos tan arrogantes como incompetentes.

Estoy harto de tener que vivir esta ópera absurda cada siete días. Estoy harto de tener que poner cara de póquer como si no pasase nada porque los “periolistos” siguen vendiendo todos los días alfalfa para ovejas mientras se niegan a describir la verdadera situación de mi equipo guardando silencio pero riendo las gracias de Cerezo y del compatriota de Cantinflas. Estoy harto de Aguirre y sobre todo estoy harto de la burla constante en la que se ha convertido mi equipo y de hacer el ridículo. Los atléticos deberíamos fiarnos más de los clásicos y hacer caso a Platón cuando dice que la burla y el ridículo son, entre todas las injurias, las que menos se perdonan.

Bendita ficción (At. Madrid - FC Barcelona)

Decía mi admirado Arthur C. Clarke que vivimos en la primera época en la que se ha prestado más atención al futuro lo cual no deja de ser irónico ya que tal vez no tengamos ninguno. No creo que el autor de 2001: Odisea del espacio sea seguidor colchonero pero es una frase que nos aplica de lleno. En el atlético de Madrid, después de muchos años y no precisamente en mejor situación que años anteriores, al inicio de esta temporada por primera vez se empezó a hablar de futuro y de dejar pasar el tiempo como forma de realizar las cosas bien. Se hizo en un momento en que las señales de que se estaba construyendo un ídolo con pies de barro eran apabullantes. Hoy las señales se han transformado en absoluta certeza: nuestro equipo es un pollo sin cabeza destinado a morir cualquier día en alguna esquina, pero paradójicamente el pollo tiene las extremidades más perfectas que se recuerdan a este lado del misisipi. Es irónico que en un partido donde nuestro entrenador plasmó la gran mayoría de las razones por las que debería dejar el fútbol de elite pueda salir reforzado muy a pesar de sus meritos. Como decía Jacinto Benavente la ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe.

Porque sonriendo salimos ayer del campo todos esos colchoneros que dejamos de cenar cuando el equipo pierde y sonriendo gritamos con furia el nombre de nuestro equipo en los minutos finales cuando era evidente que ganaríamos el partido y que el Madrid también lo haría. Aviso para toda esa colección de gilipollas que como parásitos carroñeros viven de lo que ellos llaman periodismo y que el año pasado se dedicaron a vilipendiar gratuitamente el nombre de nuestro club y nuestra afición. Aviso también para esos enteradillos que balan como ovejas entonando con fruición lo mismo que escuchan y que se creen las estúpidas mentiras que sus gurús vomitan. Un poco de criterio hermanos.

Pero también, sobre todo teniendo en cuenta a esa estirpe de pseudo aficionados al fútbol tan numerosa últimamente que lo único que ven son los manipulados resúmenes de la tele, hay que señalar que el planteamiento y la salida de nuestro equipo no pudo ser más patética. Como si fuésemos un equipo de tercera división que tiene la suerte de disputar un partido de copa contra un primera, el atlético de Madrid, duele decirlo, salió a practicar uno de los cerrojazos más patéticos y cobardes que he visto en mi vida. Con el equipo cuestionado, el entrenador cuestionado, los presuntos rivales dejando su aliento en el cogote, la plantilla titular, tu estadio lleno y un equipo que deja jugar, nuestro entrenador, tan farsante como cobarde, decidió defender con ocho jugadores en la frontal del área dejando al Kun y Forlán campando en la lejanía a la espera de un meteorito. Ese fue el planteamiento a priori de nuestro equipo. Javier Aguirre no debe seguir un minuto más en este equipo. Lo llevo diciendo desde hace más de un año y lo vuelvo a decir hoy estando ronco tras cantar cuatro goles.

Como era de esperar ante planteamiento tan “elaborado” el Barça se adueño de todo: campo, balón juego, ambiente y marcador. Tras una exhibición sin demasiado brillo y sin despeinarse de lo que es tocar el balón, buscar el hueco con rapidez, desmarcarse e intentar ganar el partido, vamos lo que se supone que es el fútbol, el Barça acabó poniéndose por delante con una magistral jugada de Ronaldinho, otro de esos brasileños aquejado por la enfermedad del no ser consciente de lo bueno que es y dedicarse a morir lentamente. Todos pensábamos que ese era el fin del partido. Si normalmente es difícil remontar con un planteamiento tan ruin y lamentable (de hecho nunca lo habíamos hecho) más improbable era que se hiciera contra el Barça.

Pero igual de improbable es que aparezca un jugador como el Kun Agüero en el planeta tierra. El argentino es de ese tipo de jugadores que hace cambiar el color de la camiseta del equipo estando él en el campo o no. Si además está con ganas y en estado de gracia los rivales no tienen nada que hacer. Su propio entrenador tampoco. Recuerdo los famosos años en los que los Chicago Bulls ganaban un año tras otro el anillo de la NBA. Su juego era muy sencillo: pasársela siempre a Michael Jordan. Eso es lo que el atlético de Madrid hizo ayer: pasársela al Kun Agüero para que él invente. Javier Aguirre, con una sonrisa absurda en la banda, debía de sentirse como alguien que juega al PC fútbol sin tener el control de los mandos y a expensas de lo que quiera el ordenador.

El Kun, ese jugador que el año pasado no sabía “jugar al fútbol en Europa” y que al principio de temporada era reserva en el revolucionario y diabólico esquema de Javier Aguirre, participo en los cuatro goles del atlético. En el primero, con nuestro equipo muerto a expensas del rival, se olvidó del ambiente, del entorno y de su pésimo entrenador para decidir encarar como los cánones del fútbol moderno dicen que no hay que hacerlo pero como los grandes jugadores llevan haciendo toda la vida. 1-0, una tableta de revital para el equipo y un mensaje para el entrenador: pasamos de ti. Poco después se inventa un pase de dibujos animados para que su compatriota Maxi reviente la portería del Barça. Primera remontada de equipo en lo que va de temporada. ¿Gracias a su entrenador? Empieza la segunda parte y tras un par de excelentes jugadas tienen que tirar al Kun en el área antes de que vuelva a fusilar a Valdés. Gol de Forlán. Poco después parte la cintura de un par de contrarios, encara a velocidad supersónica el área y le mete una rosca imposible al balón para que entre aplaudiendo en las mallas. El reglamento debería indultar a los que se quitan la camiseta después de un gol de otra galaxia. Es un acto reflejo casi inevitable.

Poco más aparte del Kun salvo la constatación de que un chico de 17 años es como mínimo bastante más jugador que Cléber Santana y que el día que su entrenador no le ordene exclusivamente defender a los medio centros rivales y le dejen participar en el juego constructivo, si alguna vez tenemos un entrenador que quiera construir, hasta puede que veamos a un magnífico jugador.

Que nuestro equipo sea un equipo es una ficción. Que nuestros dirigentes pretendan creer en esta ficción es insultante y patético. Que hoy tengamos que leer y escuchar sobre la resurrección de una idea que está muerta también es una maldita ficción igual que ficción es pensar que todo cambie milagrosamente. Ficción fue de algún modo el partido de ayer pero como decía Machado después de la verdad nada hay tan bello como la ficción.