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¡Un abrazo!

Espíritu alemán

Celta de Vigo 1 - At. Madrid 3

Un amigo mío escocés, muy aficionado al fútbol también, me hizo una vez darme cuenta de una cosa. Él tenía la teoría de que el espíritu ganador es una cosa global, colectiva y no individual. Algo que tiene un equipo o una entidad independientemente de los jugadores que estén y me ponía como ejemplo de ello a la selección alemana. Para demostrarlo me mostró un vídeo de las semifinales de uno de los mundiales que ganó Alemania. No recuerdo que año fue ni contra qué rival jugaba pero eso es algo irrelevante. Lo que mi amigo quería enseñarme es lo que hicieron los jugadores nada más terminar el partido y clasificarse para la final de un campeonato del mundo. Unos jugadores que no tenían el nombre de otras veces y que no eran favoritos. No hicieron nada. Saludaron al rival, se bajaron las medias a los tobillos, se abrazaron con frialdad, aplaudieron a la grada y se fueron al vestuario. En sus cabezas eran conscientes de haber hecho nada más que lo que tenían que hacer. Ser campeones del mundo es lo que había que celebrar. Y lo fueron. Y lo celebraron. Hoy, cuando al acabar el partido han enfocado a Simeone he visto un tipo serio, que saludaba a sus rivales y sus pupilos, que se bajaba las medias a los tobillos y que, satisfecho por la labor cumplida, se marchaba a los vestuarios sin aspavientos. Acababa de sellar la mejor clasificación del equipo en 20 años. Hace muy pocas temporadas, cuando un mejicano de verbo florido y beligerantes conceptos del fútbol ocupaba el baratísimo banquillo colchonero, recuerdo con desgana como un puñado de desinformados aficionados colchoneros tenían la osadía de ir a celebrar a Neptuno un cuarto puesto que tras una desastrosa temporada el equipo había conseguido. Aquello me provocó un bochorno inmediato, pero el bochorno se transformó en indignación cuando también observé como desde el club, probablemente uno de los sitios dónde peor se conoce y se trata la historia del Atlético de Madrid, no sólo no se denunciaba tamaño despropósito sino que incluso se alentaba. La indignación se hizo directamente ira cuando además comprobé que los medios de comunicación, ese infalible Ministerio de la desinformación que nos bombardea a diario con su visión binaria del mundo, seguía en la misma línea. Hoy, algunos años después y exclusivamente gracias a un señor argentino llamado Diego Pablo Simeone, todo eso suena simplemente a un mal recuerdo. Hoy todo esto se parece bastante más al Atlético de Madrid de siempre. Al de verdad. Hoy, después de veinte años, el tercer presupuesto de la liga ha quedado matemáticamente tercero en la clasificación. Con brillantez y poderío. Tres jornadas antes del final. Sin épica. Sin sufrir. Bajándonos las medias y volviendo al vestuario con el deber cumplido. Sin invocar celebraciones que no proceden. Sin aspavientos. Recuperando el espíritu alemán. El espíritu ganador. 

El partido además dejó un gran sabor de boca. Si hace unos días me quejaba amargamente de una mediapunta compuesta por Raúl García y Cebolla que se perdía en el barro, hoy Simeone me consolaba colocando a Diego Costa y Koke es esa posición. Fue pasar de un cielo completamente cerrado y tormentoso a uno de un azul cristalino. El Atleti, como casi siempre es rutina, se hizo dueño del partido nada más pitar el árbitro pero esta vez a su dosis habitual de entrega e intensidad se le sumo un cariño por el balón y la circulación del mismo desconocidos por estos lares. El juego pasaba siempre por un Koke que cada vez se hace más vital en este equipo y llegaba con fluidez a la parte de arriba, sobre todo a la banda izquierda en la que habitaban Costa y un excelente Filipe Luis. Enfrente el Celta de Abel. Un equipo atenazado por la presión que obsesionado por los puntos trataba de jugar muy juntos cerrando todos los espacios. El Atleti dominaba pero no tenía ocasiones. Aquella efectividad que sorprendió a propios y extraños a principio de liga parece haberse perdido por el camino y al equipo le cuesta mucho más ahora hacer ocasiones de gol. Las pocas de las que dispone además no se resuelven con la solvencia con las que se resolvían entonces. Una gran parte de la responsabilidad debe recaer, lógicamente, en un Falcao que no termina de coger la forma y al que se le sigue viendo ansioso y algo desubicado pero también en sus compañeros de vanguardia y retaguardia que no están finos tampoco en la finalización. La mejor ocasión del Atleti estuvo en las botas de Adrián, flojo y apático otra vez el asturiano, que con toda la portería a favor tras buena dejada de Falcao, marró el tiro a las nubes. Irónicamente la oportunidad más clara fue sin embargo del Celta con un tiro alejado que Cortois, poco después de batir otro mítico récord de imbatibilidad de Abel, despejaba de forma poco ortodoxa. 

El Atleti se iba al descanso con un empate a cero que se antojaba algo injusto pero tuvimos poco tiempo para lamentarlo. Nada más volver de la caseta, la enésima jugada de estrategia de Simeone que sale bien ponía el 0-1 en el marcador. Saque de esquina de Koke, peinada de Miranda y remate de cabeza de Diego Costa que se anticipa a su defensor ganando de forma magistral la posición. El gol sirvió para aumentar el nivel de nervios del equipo gallego que no tuvo ya más remedio que irse a por el partido con más fe que criterio. El encuentro se ponía franco para los de Simeone que enlazaban fácilmente un contrataque tras otro pero que, como ocurre últimamente, no conseguían rematar, a veces con demasiada candidez a la hora de terminar la jugada. Eso provocó que el partido se rompiese convirtiéndose por momentos en un ejercicio de ida y vuelta que no le convenía nada a los madrileños. La tesitura fue aprovechada por los celtiñas que consiguieron llegar alguna que otra vez con peligro pero que unas veces por la falta de acierto y otras por Courtois, hacían que el partido siguiese con el mismo marcador. Hasta que en uno de tantos contrataques tirados por los madrileños el balón llegó de rebote a Juanfran que disparando desde la frontal del área y dando el balón en un defensa rival, conseguía hacer el 0-2. 

El partido pareció morir en ese momento. Aunque la fiel afición celeste siguió animando incansable al desánimo, el equipo no era capaz de responder al entusiasmo y se perdía amargamente en el césped. Tampoco ayudaba mucho la red defensiva tejida por los colchoneros y el provocado ritmo pausado que tenían. El Atleti seguía dominando el encuentro pero esta vez sin balón. El Cholo cambiaba jugadores con vistas a los partidos del futuro y todos pensábamos que no ocurriría nada más hasta que una jugada aparentemente intrascendente acabó con un remate desde la derecha que sacó Courtois en primera instancia pero cuyo posterior remate por parte de Augusto se pasaba por debajo del cuerpo, en una acción que se puede considerar como fallo del portero. Uno de los pocos que tiene. 1-2. Los más agoreros tiraron entonces de recuerdos fantasmas y dramones de última hora pero a este equipo no le sientan nada bien esos estereotipos cinematográficos. Los colchoneros volvieron a situar el grado de intensidad al nivel que lo habían dejado desde hacía tiempo y en apenas unos segundos ya estaban con superioridad numérica dentro del área contraria. Tras una jugada algo accidentada el balón acaba en los pies de Falcao que esta vez se saca un soberbio recorte en una baldosa dentro del área para elevar el balón por encima del portero y clavarlo en la red. 1-3 que ya si era definitivo. Aunque pudo no serlo por la cantidad de ocasiones que llegaron después por parte de los colchoneros, con un Celta ya totalmente volcado y absolutamente desarbolado. La más evidente de ellas una llegada clara de Arda Turan que delante del portero envió el balón a la base del poste. 

El Atlético de Madrid sella así y antes de tiempo una magnífica competición liguera y una magnífica temporada. Independientemente de lo que ocurra en esa señalada final de Copa del Rey que todos tenemos señaladas en el calendario y en la cabeza. Tiempo habrá de hacer análisis, sacar conclusiones y pensar en los vicisitudes del futuro pero ahora es tiempo de disfrutar. De disfrutar primero de la tranquilidad de poder jugar la liga siendo un espectador únicamente con ganas de divertirse y después de ese partido frente al máximo rival que tendrá que ser una fiesta. Independientemente del resultado pero conscientes de que el destino nos debe una alegría como esa.

Traineras

Deportivo de La Coruña 0 - At. Madrid 0

El sábado por la tarde hacía un día precioso en San Sebastián. El que escribe tenía la inmensa suerte no sólo de estar por esas tierras sino de poder comer con amigos, como un marqués, en un magnífico restaurante de Pasajes-San Juán. Entre delicias del mar, cocinadas con gusto, y después de rematar la primera botella de vino, uno se dedicó a elogiar de corazón la gran temporada que está haciendo la Erreala pero indefectiblemente acabamos hablando del Atleti. Del Atlético de Madrid, claro. Curiosamente el único rival que ahora mismo tenemos los colchoneros es precisamente el equipo txuri-urdin. Pero mientras nosotros nos devanamos los sesos mirando los puntos que faltan para estar matemáticamente clasificados terceros, mis amigos gipuzcuanos no lo ven así. Su obsesión es el Valencia, equipo con el que entienden que se juegan el pase a Champions. Alejados ya del Madrid y a distancia sideral del Barça la situación del Atleti es un tanto extraña y da la sensación de que el equipo no sabe si mirar arriba, abajo, seguir corriendo o dejar de remar. Mientras mi cabeza se iba por la tangente pensando en estas cosas, al otro lado del cristal parecía haber una competición de traineras, algo muy típico en el lugar dónde existe una rivalidad milenaria entre un lado y el otro de la ría. Mientras unos equipos competían, otros estaban calentado en un espacio cercano y todo quedaba a la vista así que simultáneamente pude ver como los que competían no dejaban de remar hasta bien pasada la meta pero como cuando los que entrenaban dejaban de hacerlo, durante unos segundos, seguían prácticamente a la misma velocidad. Comentando la jugada con el comensal de al lado, experto en la materia, me dijo que dejar de remar en la línea de meta es algo así como un pecado. Ese último esfuerzo es el que te puede hacer perder lo que tenías ganado o vicebersa. En ese momento volví a pensar en el Atleti. Ustedes entienden la razón. 

Horas más tarde, mientras veía el partido del equipo en Coruña, trataba de no hacerme un esguince de mandíbula debido a los bostezos que tan atroz espectáculo me provocaba. El inicio de partido, antes incluso del pitido inicial, ya era suficientemente desalentador, echando simplemente un vistazo a la alineación. Vale que Koke y Costa estaban sancionados, vale que Tiago no parece estar recuperado. Vale que no hay más, pero una alineación con Cebolla y Raúl García entre Falcao y los mediocentros (cuando encima uno de ellos es el cada vez más lánguido Mario Suárez) es toda una declaración de intenciones. De intención de evitar el fútbol. De jugar a otra cosa. El uruguayo es un jugador de banda muy profesional y aguerrido pero que, como Falcao, depende mucho del juego del equipo. Típico jugador de banda clásico que necesita balones al hueco, dos contra uno en banda y cosas por el estilo. Cuando el epicentro del juego tiene que pasar por sus botas se pierde y no aporta más que entrega. No es ese jugador. Por otro lado Raúl García, sinceramente, no sé lo que es. Lo que si que sé es lo que no es. No es mediocentro, no es jugador de banda, no es mediapunta y no es segundo delantero. Dicho esto, ustedes me dirán que tipo de jugador es porque yo no lo sé. ¿Un mediocentro que necesita otros dos mediocentros por detrás? ¿Un mediapunta que necesita otro mediapunta al lado par mover el balón? Pues menudo negocio, entonces. Pero por ahí van los tiros, me temo. Con Mario, Cebolla y Raúl como eje constructor lo que ocurrió es lo que se anticipaba antes del inicio: la nada. La primera parte fue un aburridísimo ejercicio de centrocampismo táctico, patadones al cielo y esa contumaz alergia al balón que según pasan los partidos se hace cada vez más fuerte. Enfrente un Deportivo asustado y atenazado pero cuyo comportamiento se justifica por la situación límite que sufren. Un equipo obsesionado con el equilibrio defensivo que sin embargo cuando era capaz de tener el balón en campo contrario daba sensación de tener bastante más fútbol en sus botas que su rival. Especialmente cuando el balón pasaba por esa leyenda viviente que es Valerón. Un jugador de fútbol como la copa de un pino. Los últimos minutos tuvieron más y mejor ritmo y aquello empezó a parecerse algo más al bonito deporte del balompié. Cabe destacar el concurso de Adrían, más activo y atrevido que en toda la temporada, que aprovechando el bajo nivel general acabó por ser el tuerto en el país de los ciegos. 

La segunda parte tuvo sin embargo un Atleti con otro brío en apariencia. Más por efecto anímico y por intensidad que por fútbol los madrileños se adueñaron del balón y del partido y dominaron el encuentro. Eso si, sin ningún tipo de profundidad o brillantez. Nada. Un juego muy plano y previsible que no servía para despeinar a un bien colocado Deportivo que seguía esperando paciente su oportunidad al contragolpe. Una opción que a mi se me antoja sorpresiva viendo como cada vez que tenían el balón y lo circulaban no sólo aparecía un equipo muy distinto sino que hacía correr y descolocarse al Atleti. Pero todo siguió exactamente igual hasta más o menos el minuto 70 que fue cuando realmente empezó el partido. 

Si, me temo que todo lo anterior no debe asociarse a una crónica deportiva sino a otra cosa. El fútbol empezó a partir de que Arda Turan saltara al campo y pocos minutos después lo acompañara Óliver Torres. El turco es simplemente esencial para este Atlético de Madrid que guarda su capacidad creativa en pastillas infinitesimales. Arda es ese jugador que se pasea con criterio entre el delantero y los mediocentros, que guarda el balón, que inventa y que a diferencia de muchos de sus compañeros es bueno cuando el esférico está cerca. Es el único que tenemos. Lo volvió demostrar. Óliver era hasta ayer la canción del verano, la excusa barata de los periodista baratos que tratan de cocinar noticias basura para esa parte del graderío, simple y agradecida, que sólo entiende de mensajes simples y demagógicos. Para mí hasta ayer era un muchacho de 18 años que había destacado en las categorías inferiores, que tenía un gran futuro y al que había que proteger. Ayer demostró sin embargo que es un jugador de fútbol muy bueno y de un perfil que no tenemos. Un jugador de fútbol que quiere el balón y que sabe lo que hacer con él. Rápido, listo, creativo. Un tipo con personalidad que ayer no dudo en echarse al equipo a la espalda y hacerlo jugar. Ayer si. A partir de ese momento, durante esos 20 minutos, el partido se jugó en campo gallego y sólo tuvo un dueño. El Atleti llegó por la izquierda y por la derecha. Se vieron más pases con criterio que en los últimos partidos y además se pudo ganar. Falcao no estuvo fino en la recepción de un par de balones y Gabi lanzó un misil al larguero cuando el partido agonizaba. Aun así el árbitro anuló un gol en el último minuto por presunto fuera de juego. Muy dudoso, pero a mí en la repetición me lo parece. También es verdad que si no lo anula tampoco pasa nada. Pero aunque el Atleti fue claro merecedor de los tres puntos en esos 20 minutos y el único que lo intentó, hoy verán en los periódicos las quejas exageradas de los coruñeses contra el árbitro por unas manos de Juanfrán dentro del área en el tiempo de descuento. La repetición parece clara, es mano, pero en el campo es difícil de ver por no hablar del enigmático tema de la voluntariedad. Podía haber pitado penalti perféctamente pero hablar de robo arbitral me parece vivir en la luna de valencia. 

Empate que por lo visto asegura la Champions (lo que no es verdad ya que asegura exclusivamente la fase previa) pero que deja al equipo pendiente de cerrar la temporada como se merece. Todo parece indicar que así será, pero tengo miedo de que los jugadores, creyendo erróneamente que siguen viajando a la misma velocidad, dejen de remar en la línea de meta. Un pecado. Espero que no sea así.