Espíritu alemán
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Crónicas Liga 2012/13,
Simeone
Celta de Vigo 1 - At. Madrid 3
Un amigo mío escocés, muy aficionado al fútbol también, me hizo una vez darme cuenta de una cosa. Él tenía la teoría de que el espíritu ganador es una cosa global, colectiva y no individual. Algo que tiene un equipo o una entidad independientemente de los jugadores que estén y me ponía como ejemplo de ello a la selección alemana. Para demostrarlo me mostró un vídeo de las semifinales de uno de los mundiales que ganó Alemania. No recuerdo que año fue ni contra qué rival jugaba pero eso es algo irrelevante. Lo que mi amigo quería enseñarme es lo que hicieron los jugadores nada más terminar el partido y clasificarse para la final de un campeonato del mundo. Unos jugadores que no tenían el nombre de otras veces y que no eran favoritos. No hicieron nada. Saludaron al rival, se bajaron las medias a los tobillos, se abrazaron con frialdad, aplaudieron a la grada y se fueron al vestuario. En sus cabezas eran conscientes de haber hecho nada más que lo que tenían que hacer. Ser campeones del mundo es lo que había que celebrar. Y lo fueron. Y lo celebraron. Hoy, cuando al acabar el partido han enfocado a Simeone he visto un tipo serio, que saludaba a sus rivales y sus pupilos, que se bajaba las medias a los tobillos y que, satisfecho por la labor cumplida, se marchaba a los vestuarios sin aspavientos. Acababa de sellar la mejor clasificación del equipo en 20 años. Hace muy pocas temporadas, cuando un mejicano de verbo florido y beligerantes conceptos del fútbol ocupaba el baratísimo banquillo colchonero, recuerdo con desgana como un puñado de desinformados aficionados colchoneros tenían la osadía de ir a celebrar a Neptuno un cuarto puesto que tras una desastrosa temporada el equipo había conseguido. Aquello me provocó un bochorno inmediato, pero el bochorno se transformó en indignación cuando también observé como desde el club, probablemente uno de los sitios dónde peor se conoce y se trata la historia del Atlético de Madrid, no sólo no se denunciaba tamaño despropósito sino que incluso se alentaba. La indignación se hizo directamente ira cuando además comprobé que los medios de comunicación, ese infalible Ministerio de la desinformación que nos bombardea a diario con su visión binaria del mundo, seguía en la misma línea. Hoy, algunos años después y exclusivamente gracias a un señor argentino llamado Diego Pablo Simeone, todo eso suena simplemente a un mal recuerdo. Hoy todo esto se parece bastante más al Atlético de Madrid de siempre. Al de verdad. Hoy, después de veinte años, el tercer presupuesto de la liga ha quedado matemáticamente tercero en la clasificación. Con brillantez y poderío. Tres jornadas antes del final. Sin épica. Sin sufrir. Bajándonos las medias y volviendo al vestuario con el deber cumplido. Sin invocar celebraciones que no proceden. Sin aspavientos. Recuperando el espíritu alemán. El espíritu ganador.
El partido además dejó un gran sabor de boca. Si hace unos días me quejaba amargamente de una mediapunta compuesta por Raúl García y Cebolla que se perdía en el barro, hoy Simeone me consolaba colocando a Diego Costa y Koke es esa posición. Fue pasar de un cielo completamente cerrado y tormentoso a uno de un azul cristalino. El Atleti, como casi siempre es rutina, se hizo dueño del partido nada más pitar el árbitro pero esta vez a su dosis habitual de entrega e intensidad se le sumo un cariño por el balón y la circulación del mismo desconocidos por estos lares. El juego pasaba siempre por un Koke que cada vez se hace más vital en este equipo y llegaba con fluidez a la parte de arriba, sobre todo a la banda izquierda en la que habitaban Costa y un excelente Filipe Luis. Enfrente el Celta de Abel. Un equipo atenazado por la presión que obsesionado por los puntos trataba de jugar muy juntos cerrando todos los espacios. El Atleti dominaba pero no tenía ocasiones. Aquella efectividad que sorprendió a propios y extraños a principio de liga parece haberse perdido por el camino y al equipo le cuesta mucho más ahora hacer ocasiones de gol. Las pocas de las que dispone además no se resuelven con la solvencia con las que se resolvían entonces. Una gran parte de la responsabilidad debe recaer, lógicamente, en un Falcao que no termina de coger la forma y al que se le sigue viendo ansioso y algo desubicado pero también en sus compañeros de vanguardia y retaguardia que no están finos tampoco en la finalización. La mejor ocasión del Atleti estuvo en las botas de Adrián, flojo y apático otra vez el asturiano, que con toda la portería a favor tras buena dejada de Falcao, marró el tiro a las nubes. Irónicamente la oportunidad más clara fue sin embargo del Celta con un tiro alejado que Cortois, poco después de batir otro mítico récord de imbatibilidad de Abel, despejaba de forma poco ortodoxa.
El Atleti se iba al descanso con un empate a cero que se antojaba algo injusto pero tuvimos poco tiempo para lamentarlo. Nada más volver de la caseta, la enésima jugada de estrategia de Simeone que sale bien ponía el 0-1 en el marcador. Saque de esquina de Koke, peinada de Miranda y remate de cabeza de Diego Costa que se anticipa a su defensor ganando de forma magistral la posición. El gol sirvió para aumentar el nivel de nervios del equipo gallego que no tuvo ya más remedio que irse a por el partido con más fe que criterio. El encuentro se ponía franco para los de Simeone que enlazaban fácilmente un contrataque tras otro pero que, como ocurre últimamente, no conseguían rematar, a veces con demasiada candidez a la hora de terminar la jugada. Eso provocó que el partido se rompiese convirtiéndose por momentos en un ejercicio de ida y vuelta que no le convenía nada a los madrileños. La tesitura fue aprovechada por los celtiñas que consiguieron llegar alguna que otra vez con peligro pero que unas veces por la falta de acierto y otras por Courtois, hacían que el partido siguiese con el mismo marcador. Hasta que en uno de tantos contrataques tirados por los madrileños el balón llegó de rebote a Juanfran que disparando desde la frontal del área y dando el balón en un defensa rival, conseguía hacer el 0-2.
El partido pareció morir en ese momento. Aunque la fiel afición celeste siguió animando incansable al desánimo, el equipo no era capaz de responder al entusiasmo y se perdía amargamente en el césped. Tampoco ayudaba mucho la red defensiva tejida por los colchoneros y el provocado ritmo pausado que tenían. El Atleti seguía dominando el encuentro pero esta vez sin balón. El Cholo cambiaba jugadores con vistas a los partidos del futuro y todos pensábamos que no ocurriría nada más hasta que una jugada aparentemente intrascendente acabó con un remate desde la derecha que sacó Courtois en primera instancia pero cuyo posterior remate por parte de Augusto se pasaba por debajo del cuerpo, en una acción que se puede considerar como fallo del portero. Uno de los pocos que tiene. 1-2. Los más agoreros tiraron entonces de recuerdos fantasmas y dramones de última hora pero a este equipo no le sientan nada bien esos estereotipos cinematográficos. Los colchoneros volvieron a situar el grado de intensidad al nivel que lo habían dejado desde hacía tiempo y en apenas unos segundos ya estaban con superioridad numérica dentro del área contraria. Tras una jugada algo accidentada el balón acaba en los pies de Falcao que esta vez se saca un soberbio recorte en una baldosa dentro del área para elevar el balón por encima del portero y clavarlo en la red. 1-3 que ya si era definitivo. Aunque pudo no serlo por la cantidad de ocasiones que llegaron después por parte de los colchoneros, con un Celta ya totalmente volcado y absolutamente desarbolado. La más evidente de ellas una llegada clara de Arda Turan que delante del portero envió el balón a la base del poste.
El Atlético de Madrid sella así y antes de tiempo una magnífica competición liguera y una magnífica temporada. Independientemente de lo que ocurra en esa señalada final de Copa del Rey que todos tenemos señaladas en el calendario y en la cabeza. Tiempo habrá de hacer análisis, sacar conclusiones y pensar en los vicisitudes del futuro pero ahora es tiempo de disfrutar. De disfrutar primero de la tranquilidad de poder jugar la liga siendo un espectador únicamente con ganas de divertirse y después de ese partido frente al máximo rival que tendrá que ser una fiesta. Independientemente del resultado pero conscientes de que el destino nos debe una alegría como esa.





